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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.18

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se sintió tan extraño y nervioso que le temblaron las piernas. Pero ¿quién puede
contemplar el más dulce par de ojos oscuros sin sentirse raro? Yo no,
caballeros. Me da miedo contempla algunos ojos que me sé, y ésa es la verdad.
-No me abandone nunca -murmuró la joven dama.
Jamás -contestó mi tío con toda la intención de cumplirlo.
-¡Mi querido salvador! -exclamó la joven dama-. ¡Mi querido, amable y valiente
salvador!
-No siga-dijo mi tío interrumpiéndola. -¿Por qué? -preguntó ella.
-Porque su boca es tan hermosa cuando habla que me temo que cometeré la
imprudencia de besarla-replicó mi tío.
La joven dama levantó la mano como para impedir que mi tío lo hiciera y dijo...
no, no dijo nada, sonrió.
Cuando uno está contemplando los labios más deliciosos del mundo, y los ve
abrirse en una sonrisa pícara, si uno está muy cerca de ellos, y no hay nadie
más, no hay mejor manera de testificar la admiración propia hacia su hermoso
color y forma que besándolos enseguida. Así lo hizo mi tío, y yo le honro por
ello.
-¡Escuche! -gritó la joven dama sobresaltándose-. ¡Se oyen ruedas y caballos!
-Cierto -dijo mi tío prestando atención. Tenía buen oído para las ruedas y el
ruido de los cascos, pero daba la impresión de que venían desde lejos tantos
caballos y carruajes que era imposible conjeturar su número. El sonido era
semejante al que producirían cincuenta tiros formados por seis purasangres cada
uno.
-¡Nos persiguen! -gritó la joven agarrándose las manos-. Nos persiguen. ¡Usted
es mi única esperanza!
Había tal expresión de terror en su hermoso rostro que mi tío se decidió
enseguida. La subió al coche, le dijo que no se asustara, volvió a unir los
labios a los de ella y después, aconsejándole que subiera la ventanilla para que
no entrara el aire frío subió al pescante.
-Un momento, mi amor-gritó la joven. -¿Qué sucede? -preguntó mi tío desde el
pescante.
-Quiero hablarle, sólo una palabra. Sólo una querido mío.
-¿Me bajo? -preguntó mi tío. La dama no respondió, pero volvió a sonreír. ¡Qué
sonrisa, caballeros! Convirtió al otro en nada. Mi tío bajó del pescante en un
santiamén.
-¿Qué ocurre, querida? -preguntó mi tío mirándola por la ventanilla del coche.
En ese momento la dama se inclinó hacia delante y mi tío pensó que parecía


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