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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.16

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un carretero, y las espadas entrechocaban con tanto ruido como si estuvieran
resonando al mismo tiempo todos los cuchillos y aceros del mercado de Newport.
Cuando la lucha estaba en su momento culminante, la dama (posiblemente para
estimular a mi tío) se quitó totalmente el capuchón del rostro dejando al
descubierto un semblante de belleza tan sorprendente que habría combatido contra
cincuenta hombres para obtener una sonrisa de ella y después morir. Hasta ese
momento había hecho maravillas, pero desde entonces comenzó a pulverizarlos como
s fuera un gigante loco y delirante.
En ese momento el caballero de azul celeste se dio la vuelta, y viendo a la
joven dama con el rostro des cubierto lanzó una exclamación de rabia y celos,
volvió el arma contra el hermoso pecho de la joven, apuntó a su corazón,
haciendo que mi tío lanzara un grito de aprensión que resonó en todo el
edificio.
La dama se apartó con paso ligero, y quitándole de la mano la espada al joven,
antes de que éste hubiera recuperado el equilibrio, lo lanzó contra la pared y
después le atravesó con la espada, lo mismo que al entablado, hasta la
empuñadura misma, dejándole allí clavado y fijo. Fue un ejemplo espléndido. Mi
tío, con un poderoso grito de triunfo y una fuerza irresistible obligó a su
adversario a retirarse en la misma dirección y clavó el viejo espadín en centro
mismo de una enorme flor roja perteneciente al dibujo de su chaleco, dejándole
clavado junto su amigo; y allí quedaron los dos, caballeros, me viendo los
brazos y las piernas en agonía como las figuras de los escaparates de juguetes
que se mueve con un trozo de bramante. Después mi tío dijo siempre que ése era
uno de los medios más seguro que conocía para deshacerse de un enemigo; pero
cabía una objeción por razón de los gastos, por cuanto implicaba la pérdida de
una espada por cada hombre incapacitado.
-¡El coche, el coche! -gritó la dama corriendo hasta donde estaba mi tío y
rodeándole el cuello con sus hermosos brazos-. Todavía podemos escapa
-¿Podemos? -gritó mi tío-. Bien, querida mía, ¿no habrá nadie más a quien matar,
no?
Mi tío se sintió bastante decepcionado, caballeros, pues pensó que un rato


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