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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.15

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-Abandone la habitación o es hombre muerte -dijo el tipo de mal aspecto y espada
grande al tiempo que la sacaba y la blandía en el aire.
-¡A por él! -gritó el caballero de azul celeste sacando también la espada y
retrocediendo dos o tres metros-. ¡A por él!
La dama lanzó un fuerte grito.
Ahora bien, mi tío fue famoso siempre por si gran audacia y presencia de ánimo.
Aunque todo e tiempo había parecido tan indiferente a lo que estaba sucediendo,
en realidad estaba buscando astuta mente algún objeto arrojadizo o arma
defensiva, y en el instante mismo en el que se sacaron las espadas él veía en
una esquina de la chimenea un viejo estoque de empuñadura de cestería y vaina
oxidada. De un solo salto mi tío lo tuvo en la mano, lo sacó, lo blandió
galantemente por encima de su cabeza, dijo en voz alta a la dama que se
mantuviera apartada lanzó la silla al hombre de azul celeste y el estoque: del
traje color ciruelo, y aprovechándose de la confusión cayó sobre ellos
atropellándolos.
Caballeros, hay una antigua historia referente un joven y apuesto caballero
irlandés -que no es peor por ser cierta-, al que cuando le preguntaron si podía
tocar el violín contestó que sin duda podía, pero que no podía decirlo con
seguridad porque nunca lo había intentado. Pues esa historia no deja de
aplicarse a mi tío y su arte para la esgrima. Nunca antes había tenido una
espada en la mano, salvo en una ocasión en la que interpretó a Ricardo III en un
teatro privado: y en esa ocasión se había llegado a un arreglo con Richmond para
que saliera corriendo, desde atrás, sin plantear pelea alguna. Y ahora estaba
allí, combatiendo y acuchillando a dos expertos espadistas: arremetiendo y
defendiendo, aguijoneando y tajando, comportándose de la manera más varonil y
diestra posible aunque hasta ese momento no se había dado cuenta de que tuviera
la menor idea de esa ciencia. Esto sólo demuestra lo auténtico que es el viejo
refrán que dice, caballeros, que un hombre no sabe nunca lo que puede hacer
hasta que lo intenta.
El ruido del combate fue terrible; cada uno de los tres combatientes juraba como


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