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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.13

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caballeros. Pero todo en vano; los caballeros no hablaban y la dama no miraba. A
intervalos sacaba la cabeza por la ventanilla del coche y vociferaba que por qué
no iban más deprisa. Pero gritó hasta quedarse ronco; nadie le prestaba la menor
atención. Se arrellanó en el coche y pensó en las hermosas piernas, pies y
rostro que tenía delante. Eso resultó mejor; le ayudaba a pasar el rato y le
impedía preguntarse adónde iba y cómo era que se encontraba en una situación tan
extraña. De todos modos, no es que aquello le preocupara mucho: mi tío,
caballeros, era de esas personas totalmente libres y sencillas, vagabundas, a
las que nada les importa. De pronto, el coche se detuvo.
-¡Vaya! -exclamó mi tío-. ¿Qué demonios pasa ahora?
-Baje aquí -dijo el escolta poniendo los escalones. -¿Aquí? -gritó mi tío.
-Aquí -replicó el escolta.
-No haré nada semejante-dijo mi tío.
-Muy bien, entonces quédese donde está -dijo el escolta.
-Así lo haré-dijo mi tío.
-Muy bien -contestó el escolta.
Los demás pasajeros habían prestado gran atención a este coloquio y, viendo que
mi tío estaba decidido a no bajarse, el hombre más joven pasó junto a él,
rozándole, para ayudar a descender a la dama. En ese momento, el hombre de mal
aspecto inspeccionaba el agujero que tenía en la parte superior de su tricornio.
Cuando la joven dama le rozó al pasar, dejó caer uno de los guantes en la mano
de mi tío y con los labios le susurró suavemente, tan cerca de su cara que
sintió en la nariz el cálido aliento de la joven, una sola palabra: «¡Socorro!»
Caballeros, mi tío saltó del coche de inmediato y con tal violencia que volvió a
golpearse en los muelles.
-¡Ah! Lo ha pensado mejor, ¿no es así? -preguntó el escolta al ver a mi tío de
pie en el suelo.
Mi tío le miró unos segundos, dudando si no sería lo mejor arrancarle el
arcabuz, dispararlo en la cara del hombre que llevaba la espada grande, golpear
con la culata en la cabeza a los demás, coger a la joven dama y salir pitando.
Sin embargo, lo pensó mejor y abandonó el plan, pues su ejecución le pareció
excesivamente melodramática, y siguió a los dos hombres misteriosos, quienes


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