La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.11
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dama ante cualquier peligro, si ésta necesitaba su ayuda.
-¡Muerte y rayos! -exclamó el joven caballero llevando la mano a la espada
cuando mi tío entró en el coche.
-¡Sangre y truenos! -rugió el otro caballero. Diciendo esto, sacó la espada y
lanzó una estocada a mi tío sin más ceremonias. Mi tío no tenía ningún arma,
pero con gran destreza le quitó de la cabeza el sombrero de tres picos al
caballero de mal aspecto, y recibiendo la punta de la espada de éste con el
centro del sombrero, apretó los lados y la mantuvo sujeta.
-¡Hiérele por detrás! -gritó el caballero de mal aspecto a su compañero mientras
se esforzaba por recuperar la espada.
-Será mejor que no lo haga -gritó mi tío enseñando el tacón de uno de sus
zapatos de modo amenazador-. Le sacaré el cerebro a patadas si tiene alguno, y
si no tiene le fracturaré el cráneo.
Poniendo en ejercicio en ese momento toda su fuerza, mi tío quitó la espada al
caballero de mal aspecto y la tiró limpiamente por la ventana del coche, ante lo
cual el caballero más joven volvió a vociferar su grito de «¡Muerte y rayos!» y
se llevó la mano a la empuñadura de la espada, con actitud feroz, pero sin
sacarla. Quizá, caballeros, tal como solía decir mi tío con una sonrisa, quizá
tenía miedo de alarmar a la dama.
-Vamos, caballeros -dijo mi tío sentándose con actitud decidida-. No quiero que
haya muerte alguna, con o sin rayos, en presencia de una dama, y hemos tenido ya
suficiente sangre y truenos para un viaje; así que, si están de acuerdo, nos
sentaremos en nuestros sitios bien tranquilos. Escolta, por favor, recoja el
cuchillo de tallar del caballero.
Nada más decir mi tío esas palabras apareció el escolta ante la ventanilla del
coche llevando en la mano la espada del caballero. Sostuvo en alto el farol y
miró fijamente el rostro de mi tío al entregárselo: con su luz mi tío vio con
gran sorpresa que una multitud inmensa de escoltas de coches de correos se
arremolinaba alrededor de la ventana, y que cada uno de ellos tenía la mirada
fija en él. Nunca, desde que nació, había visto un mar tan grande de rostros
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