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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.7

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olvido Mi tío, caballeros, era una persona de lo más entusiasta y simpática; por
eso, al darse cuenta de que no podía tener una buena visibilidad entre las
estacas saltó por encima de ellas, se sentó tranquilamente sobre un eje de rueda
y empezó a contemplar los coches de correos con mucha gravedad.
Debía de haber una docena de ellos, o quizá más -mi tío no estuvo nunca seguro
sobre este punto, dado que era un hombre de escrupulosa veracidad con respecto a
los números, no le gustaba confesar lo-, pero allí estaban, todos amontonados en
la condición más desolada que quepa imaginar. La, puertas habían sido arrancadas
de los goznes y quitadas; les habían arrancado los forros; sólo algún clavo
oxidado mantenía, aquí y allá, un jirón colgante; la lámparas no estaban, las
varas hacía tiempo que habían desaparecido, el forjado estaba oxidado y la
pintura se había caído; el viento silbaba entre las grietas de la estructura de
madera, y la lluvia, que había quedado recogida en los techos, caía gota a gota
en los interiores con un sonido hueco y melancólico. Eran los esqueletos en
decadencia de los coches abandonados, y en ese lugar solitario, a esa hora de la
noche, parecían fríos y lúgubres.
Mi tío descansó la cabeza sobre las manos y pensó en las personas atareadas y
bulliciosas que años antes habrían traqueteado en los viejos coches, que ahora
estaban cambiados y silenciosos; pensó en todas aquellas personas á las que uno
de aquellos locos y desmoronados vehículos había llevado, noche tras noche,
durante muchos años y con todo tipo de condiciones climáticas, la
correspondencia ansiosamente esperada, el giro tan necesario, la promesa de
salud y seguridad, el anuncio repentino de enfermedad y muerte. El comerciante,
el amante, la esposa, la viuda, la madre, el escolar e incluso el niño que
tambaleándose se había acercado a la puerta a la llamada del cartero... cómo
habían esperado todos la llegada del viejo coche. ¡Y dónde estarían todos ahora!
Caballeros, mi tío solía decir que pensó todo esto en aquel momento, pero yo
sospecho más bien que lo sacó después de algún libro, pues afirmaba con claridad
que cayó en una especie de siesta mientras estaba sentado sobre el viejo eje de


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