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La historia del tío del viajante (Charles Dickens) - pág.6

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chaleco, tomando para sí la mitad de la calle, cantando ahora un verso de un
poema de amor, luego un verso de uno etílico, y silbando melodiosamente cuando
se había cansado de ambos, hasta que llegó a North Bridge, que pone en contacto
las ciudades antigua y nueva de Edimburgo. Se detuvo allí un minuto para
examinar los extraños e irregulares grupos de luces apilados unos encima de
otros y que parpadeaban a tanta altura que parecían estrellas, brillando desde
los muros del castillo por un lado y del Calton Hill por el otro, como si
estuvieran iluminando castillos en el aire, mientras la antigua y pintoresca
ciudad dormía pesadamente entre la oscuridad de abajo: su palacio y capilla de
Holyrood, guardada día y noche, tal como solía decir un amigo de mi tío, por la
antigua sede de Arturo que se elevaba oscura e insolente, como un genio ceñudo,
sobre la antigua ciudad que durante tanto tiempo había vigilado. Digo,
caballeros, que mi tío se detuvo allí un minuto para mirar a su alrededor; y
luego, haciéndole un cumplido al clima, que tan poco había mejorado, mientras
que la luna se estaba hundiendo, empezó a caminar de nuevo con tanta gallardía
como antes, ocupando la mitad de la calle con gran dignidad, y con el aspecto de
que estaría encantado de encontrarse con alguien que quisiera disputarle esa
posesión. Pero sucedió que no hubo nadie dispuesto a disputársela, y así siguió
adelante con los pulgares en los bolsillos del chaleco, como un apacible ser.
Cuando mi tío llegó al extremo de Leith Walk, tenía que cruzar un descampado
bastante grande que le separaba de una calle corta por la que debió bajar para
llegar a su alojamiento. Ahora bien, sucede que en ese descampado había en aquel
tiempo un cercado perteneciente a algún carretero que tenía contratada con
Correos la compra de los coches-correo desgastados por el tiempo; y a mi tío,
que le encantaron los coches de mayor, de joven y de mediana edad, se le metió
inmediatamente en la cabeza e salirse de su camino sin otro fin que el de
escudriñas esos coches tras el cercado, y recordaba haber viste más o menos una
docena de ellos amontonados en el interior en un estado de gran abandono y


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