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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.11

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la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las
piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar
que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto,
Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su
espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro
hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a
un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su
reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera,
buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de
cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al
principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y
no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a
través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros
de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en
todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un
ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la
iglesia que accidentalmente había sido coceado por el caballo antes mencionado
en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años
después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición,
no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un anciano
reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también
a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la
historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en
el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro
tiempo, dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer
li más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y
murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de


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