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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.9

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-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras,
levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por
encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a
Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los
duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le
patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre
los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado k realeza
y abrazan a quien la realeza abraza.
-¡Enseñadle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras
desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta
el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad
abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo
sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su
animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían
bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre
las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí,
era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta
hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se
arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba
bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas
transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba
entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.
-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo
todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y
de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes
que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub,
quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de


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