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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.8

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habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los
niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos
parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario
se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el
niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la
luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un
interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes
hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta
mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor
su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso
niño pareciera estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y
supieron que era un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un
cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el
padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban
había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban
asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y
contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y
pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido
todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos
que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus
lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la
vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones
desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se
mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube
cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.
-¿Qué piensas de eso?-preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia
Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y
pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.


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