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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.7

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cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de
movimiento.
-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traed un vaso
de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de
sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos,
desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego
líquido que presentaron al rey. -¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y
garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-.
¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al
señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a
tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro
derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa
cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en
abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero
de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más
exquisito-... y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas
cuantas imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto
de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran
distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio.
Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante,
agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en
cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de li ventana, como deseando
ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal;
cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la
abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando
entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la nieve de las ropas
mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero,
bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la


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