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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.4

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helara la sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no
terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus
piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía
levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban
desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y
redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas;
colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos
picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos estaban
curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza
llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma.
Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse
cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos
años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le
sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
-No fue el eco -dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.
-He venido a cavar una tumba, señor-contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como
ésta? -gritó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que
pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que
pudiera ver nada.
-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende. -Ginebra holandesa, señor
-contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos
contrabandistas y pensó que quizá el
que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como
ésta? -preguntó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego,
elevando la voz, exclamó:
-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las
voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la


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