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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.3

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fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco
la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos
obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado,
pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que
apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando
llegada la noche hubo terminado el trabajo, con melancólica satisfacción,
murmurando mientras recogía sus herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de
descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una
caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella
a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de
la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil
que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre
las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra
dula vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se
extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y
lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por
las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía
la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba
todo que el sonido mismo parecía congelado.
-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno
de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le


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