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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.2

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saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran
llamar a la puerta de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de
cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en
bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía
taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en
el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de
consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado
mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a le saludos bienhumorados de
aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro
callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba y tiempo deseando llegar al
callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable,
taciturno y triste que las gentes de la ciudad n gustaban de frecuentar, salvo a
plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco ir dignado
al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre
unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de
CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la vieja abadía y de los monjes de cabes
afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y
descubrió que procedía c un muchacho pequeño que corría a solas con la intención
de unirse a uno de los pequeños grupos de calle vieja, y que en parte para
hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión vociferaba
la canción con la mayor potencia de si pulmones. Gabriel aguardó a que llegara
el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la
cabeza con el farol para enseñarle modular la voz. Y mientras el muchacho escapó
corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel
Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la
puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin
terminar trabajó en él durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra
se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla


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