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El Guardabarrera (Charles Dickens) - pág.11

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¿Qué otra cosa podrían hacer?
El tormento de su mente era penoso de ver. Era la tortura mental de un
hombre responsable, atormentado hasta el límite por una responsabilidad
incomprensible en la que podrían estar en juego vidas humanas.
-Cuando apareció por primera vez junto a la luz de peligro -continuó,
echándose hacia atrás el oscuro cabello y pasándose una y otra vez las
manos por las sienes en un gesto de extremada y enfebrecida
desesperación-, ¿por qué no me dijo dónde iba a suceder el accidente, si
era inevitable que sucediera? ¿por qué, si hubiera podido evitarse, no me
dijo cómo impedirlo? Cuando durante su segunda aparición escondió el
rostro, ¿por qué no me dijo en lugar de eso: «alguien va a morir. Haga que
no salga de casa». Si apareció en las dos ocasiones sólo para demostrarme
que las advertencias eran verdad y así prepararme para la tercera, ¿por
qué no me advierte claramente ahora? ¿Y por qué a mí, Dios me ayude, un
pobre guardavía en esta solitaria estación? ¿Por qué no se lo advierte a
alguien con el prestigio suficiente para ser creído y el poder suficiente
para actuar?
Cuando lo vi en aquel estado, comprendí que, por el bien del pobre hombre
y la seguridad de los viajeros, lo que tenía que hacer en aquellos
momentos era tranquilizarle. Así que, dejando a un lado cualquier
discusión entre ambos sobre la realidad o irrealidad de los hechos, le
hice ver que cualquiera que cumpliera con su deber a conciencia actuaba
correctamente y que, por lo menos, le quedaba el consuelo de que él
comprendía su deber, aunque no entendiese aquellas desconcertantes
apariciones. En esta ocasión tuve más éxito que cuando intentaba
disuadirle de la realidad del aviso. Se tranquilizó; las ocupaciones
propias de su puesto empezaron a reclamar su atención cada vez más
conforme avanzaba la noche. Le dejé solo a las dos de la madrugada. Me
había ofrecido a quedarme toda la noche pero no quiso ni oír hablar de
ello.
No me avergüenza confesar que me volví más de una vez a mirar la luz roja
mientras subía por el sendero, y que no me gustaba esa luz roja, y que
hubiera dormido mal si mi cama hubiera estado debajo de ella.


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