El Guardabarrera (Charles Dickens) - pág.9
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cincuenta yardas más. Corrí tras él y al llegar oí gritos y lamentos
horribles. Una hermosa joven había muerto instantáneamente en uno de los
compartimentos. La trajeron aquí y la tendieron en el suelo, en el mismo
sitio donde estamos nosotros.
Involuntariamente empujé la silla hacia atrás, mientras desviaba la mirada
de las tablas que señalaba.
-Es la verdad, señor, la pura verdad. Se lo cuento tal y como sucedió.
No supe qué decir, ni en un sentido ni en otro y sentí una gran sequedad
de boca. El viento y los hilos telegráficos hicieron eco a la historia con
un largo gemido quejumbroso. Mi interlocutor prosiguió:
-Ahora, señor, preste atención y verá por qué está turbada mi mente. El
espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha estado ahí, más o
menos continuamente, un instante sí y otro no.
-¿Junto a la luz?
-Junto a la luz de peligro.
-¿Y qué hace?
El guardavía repitió, con mayor pasión y vehemencia aún si cabe, su
anterior gesto de «¡Por Dios santo, apártese de la vía!». Luego continuó:
-No hallo tregua ni descanso a causa de ello. Me llama durante largos
minutos, con voz agonizante, ahí abajo, «¡Cuidado! ¡Cuidado!». Me hace
señas. Hace sonar la campanilla.
Me agarré a esto último:
-¿Hizo sonar la campanilla ayer tarde, cuando yo estaba aquí y se acercó
usted a la puerta?
-Por dos veces.
-Bueno, vea -dije- cómo le engaña su imaginación. Mis ojos estaban fijos
en la campanilla y mis oídos estaban abiertos a su sonido y, como que
estoy vivo, no sonó entonces, ni en ningún otro momento salvo cuando lo
hizo al comunicar la estación con usted.
Negó con la cabeza.
-Todavía nunca he cometido una equivocación respecto a eso, señor. Nunca
he confundido la llamada del espectro con la de los humanos. La llamada
del espectro es una extraña vibración de la campanilla que no procede de
parte alguna y no he dicho que la campanilla hiciese algún movimiento
visible. No me extraña que no la oyese. Pero yo sí que la oí.
-¿Y estaba el espectro allí cuando salió a mirar?
-Estaba allí.
-¿Las dos veces?
-Las dos veces -repitió con firmeza.
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