El Guardabarrera (Charles Dickens) - pág.5
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darme a entender que no pretendía ser más de lo que era. Varias veces fue
interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar
respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al
paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor. Comprobé
que era extremadamente escrupuloso y vigilante en el cumplimiento de sus
deberes, interrumpiéndose súbitamente en mitad de una frase y
permaneciendo en silencio hasta que cumplía su cometido.
En una palabra, hubiera calificado a este hombre como uno de los más
capacitados para desempeñar su profesión si no fuera porque, mientras
estaba hablando conmigo, en dos ocasiones se detuvo de pronto y, pálido,
volvió el rostro hacia la campanilla cuando no estaba sonando, abrió la
puerta de la caseta (que mantenía cerrada para combatir la malsana
humedad) y miró hacia la luz roja próxima a la boca del túnel. En ambas
ocasiones regresó junto al fuego con la inexplicable expresión que yo
había notado, sin ser capaz de definirla, cuando los dos nos mirábamos
desde tan lejos.
Al levantarme para irme dije:
-Casi me ha hecho usted pensar que es un hombre satisfecho consigo mismo.
(Debo confesar que lo hice para tirarle de la lengua.)
-Creo que solía serlo -asintió en el tono bajo con el que había hablado al
principio-. Pero estoy preocupado, señor, estoy preocupado.
Hubiera retirado sus palabras de haber sido posible. Pero ya las había
pronunciado, y yo me agarré a ellas rápidamente.
-¿Por qué? ¿Qué es lo que le preocupa?
-Es muy difícil de explicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si
me vuelve a visitar en otra ocasión, intentaré hacerlo.
-Pues deseo visitarle de nuevo. Dígame, ¿cuándo le parece?
-Mañana salgo temprano y regreso a las diez de la noche, señor.
-Vendré a las once.
Me dio las gracias y me acompañó a la puerta.
-Encenderé la luz blanca hasta que encuentre el camino, señor -dijo en su
peculiar voz baja-. Cuando lo encuentre ¡no me llame! Y cuando llegue
arriba ¡no me llame!
Su actitud hizo que el lugar me pareciera aún más gélido, pero sólo dije
«muy bien».
-Y cuando baje mañana ¡no me llame! Permítame hacerle una pregunta para
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