El Guardabarrera (Charles Dickens) - pág.4
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de su pronunciación-. También había trabajado con quebrados y decimales, y
había intentado hacer un poco de álgebra. Pero tenía, y siempre la había
tenido, mala cabeza para los números. ¿Estaba obligado a permanecer en
aquella corriente de aire húmedo mientras estaba de servicio? ¿No podía
salir nunca a la luz del sol de entre aquellas altas paredes de piedra?
Bueno, eso dependía de la hora y de las circunstancias. Algunas veces
había menos tráfico en la línea que otras, y lo mismo ocurría a ciertas
horas del día y de la noche. Cuando había buen tiempo sí que procuraba
subir un poco por encima de las tinieblas inferiores; pero como le podían
llamar en cualquier momento por la campanilla eléctrica, cuando lo hacía
estaba pendiente de ella con redoblada ansiedad, y por ello el alivio era
menor de lo que yo suponía.
Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un
libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo
con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había
referido. Confiando en que disculpara mi comentario de que había recibido
una buena educación (esperaba que no se ofendiera por mis palabras), quizá
muy superior a su presente oficio, comentó que ejemplos de pequeñas
incongruencias de este tipo rara vez faltaban en las grandes agrupaciones
humanas; que había oído que así ocurría en los asilos, en la policía e
incluso en el ejército, ese último recurso desesperado; y que sabía que
pasaba más o menos lo mismo en la plantilla de cualquier gran ferrocarril.
De joven había sido (si podía creérmelo, sentado en aquella cabaña -él
apenas si podía-) estudiante de filosofía natural y había asistido a la
universidad; pero se había dedicado a la buena vida, había desaprovechado
sus oportunidades, había caído y nunca había vuelto a levantarse de nuevo.
Pero no se quejaba de nada. Él mismo se lo había buscado y ya era
demasiado tarde para lamentarlo.
Todo lo que he resumido aquí lo dijo muy tranquilamente, con su atención
puesta a un tiempo en el fuego y en mí. De vez en cuando intercalaba la
palabra «señor», sobre todo cuando se refería a su juventud, como para
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