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Juicio por asesinato (Charles Dickens) - pág.12

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mismos jueces y ayudantes en el tribunal, el mismo asesino en el banquillo de
los acusados, los mismos abogados en la mesa, el mismo tono de preguntas y
respuestas elevándose hasta el techo de la sala, el mismo ruido que hacía la
pluma del juez, los mismos ujieres saliendo, y entrando, las mismas luces que se
encendían a la misma hora, cuando todavía brillaba la luz natural de día, la
misma cortina neblinosa en el exterior d los grandes ventanales cuando había
niebla, la misma lluvia goteando y produciendo un ruido acompasado cuando
llovía, un día tras otro las mismas huellas de los vigilantes y el prisionero
sobre el mismo serrín, las mismas llaves cerrando y abriendo las mismas pesadas
puertas), a través de toda esta fatigosa monotonía que me hacía sentirme como si
fuera el presidente del jurado desde hacia muchísimo, tiempo, y Piccadilly
hubiera florecido al mismo, tiempo que Babilonia, el asesinado no perdió nunca
un solo rasgo de claridad ante mis ojos, ni fue e momento alguno menos evidente
y perceptible que cualquier otra persona que allí hubiera. No debe, omitir, pues
es un hecho, que nunca vi que la aparición a la que doy el nombre de asesinado
mirara asesino. Una y otra vez me preguntaba por el motivo de que no lo hiciera,
pero el hecho es que nunca lo hizo.
Tampoco volvió a mirarme a mí desde que sacaron la miniatura hasta los últimos
minutos del juicio. Nos retiramos a deliberar a las diez horas menos siete
minutos de la noche. El idiota del grupo y los dos parásitos de su parroquia nos
dieron tantos problemas que por dos veces regresamos al tribunal para rogar que
nos leyeran de nuevo determinados extractos de las notas del juez. Nueve de
nosotros no teníamos la menor duda sobre los pasajes, ni creo que la tuviera
nadie del tribunal; sin embargo, el triunvirato de zopencos no tenía otro
propósito que el de la obstrucción, y discutían por cualquier motivo. Al final
prevaleció nuestra opinión y el jurado volvió a entrar en la sala a las diez y
doce minutos.
El asesinado estaba en ese momento en pie directamente enfrente del jurado, al
otro lado de la sala. Cuando ocupé mi lugar, posó sus ojos en mí con la mayor


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