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Juicio por asesinato (Charles Dickens) - pág.9

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tramo de escaleras situado en el aire.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, descubrimos que todos los presentes,
salvo el señor Harker y yo, habían soñado la noche anterior con el hombre
asesinado.
Estaba ya convencido de que el segundo hombre que había bajado por Piccadilly
era el asesinado (por así decirlo), como si su testimonio inmediato así me lo
hubiera hecho saber. Pero aun así aquello sucedía de una manera para la que yo
no me encontraba preparado.
Durante el quinto día del juicio, cuando el fiscal estaba terminando su caso,
presentó una miniatura del asesinado que faltaba en su dormitorio cuando se
descubrió el hecho y que después fue encontrada en un lugar oculto en el que el
asesino había sido visto cavando en el suelo. Tras ser identificada por el
testigo, la presentaron al tribunal y luego la pasaron al jurado para que éste
la inspeccionara. Mientras un oficial vestido con una túnica negra se dirigía
con la miniatura hacia mí, la figura del segundo hombre que había bajado
impetuosamente por Piccadilly surgió de la multitud, le cogió la miniatura al
oficial y me la entregó con sus propias manos, al mismo tiempo que en un tono
bajo y hueco me decía antes de que yo viera la miniatura, metida en una caja:
-Entonces yo era más joven, y la sangre no faltaba en mi rostro.

Después se interpuso entre mí y el jurado al que yo entregué la miniatura, y
entre éste y el siguiente, y así entre todos hasta que la miniatura volvió a mí.
Sin embargo, ninguno de los miembros del jurado lo detectó.
En la mesa, y en general cuando nos encerrábamos bajo la custodia del señor
Harker, como era natural, hablábamos mucho rato sobre las diligencias del día.
En el día quinto el fiscal cerró el caso por lo que, como esa parte de la
cuestión se había completado ante nosotros, nuestra discusión fue más animada y
seria. Había entre nosotros uno de los idiotas de inteligencia más cerrada que
he visto nunca, que recibía la evidencia más clara con las objeciones más
absurdas, y a quien le ayudaban dos flojos parásitos parroquiales; los tres
pertenecían a las listas de jurados de un distrito tan atacado por la fiebre que


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