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Juicio por asesinato (Charles Dickens) - pág.7

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violentamente y llamó por señas a su abogado. El deseo de prisionero de
recusarme resultaba tan manifiesto que produjo una pausa durante la cual el
abogado, apoyando una mano en el banquillo de los acusados, habló en susurros
con su cliente mientras sacudía la cabeza. Más tarde, aquel caballero me dijo
que las primeras palabras aterradas que le dijo el prisionero fueron: «¡Sea como
sea, recuse a ese hombre!», pero como no le daba razón alguna para ello, y
admitió que ni siquiera conocía mi nombre hasta que lo pronunciaron en voz alta
y yo me presenté, no lo hizo.
Por las razones ya explicadas, la de que deseo evitar el revivir el recuerdo
desagradable de ese asesino, y también que un relato detallado de su largo
juicio no es en absoluto indispensable para mi narración, me limitaré a aquellos
incidentes que se relacionan directamente con mi curiosa experiencia personal y
se produjeron en los diez días y noches durante los que los miembros del jurado
estuvimos juntos. Trato de que mi lector se interese por eso, y no por el
asesino. Es a eso, y no a una página del calendario de Newgate, a lo que pido al
lector que preste atención.
Me eligieron presidente del jurado. En la segunda mañana, después de que se
hubieran presentado pruebas durante dos horas (lo sé porque oí las campanadas
del reloj de la iglesia), al recorrer con la mirada a mis compañeros del jurado*
me resultó inexplicablemente difícil contarlos. Lo hice así varias veces, pero
siempre con la misma dificultad. En resumen, contaba uno de más.
Toqué al miembro del jurado que se sentaba junto a mí y le susurré:
-Le ruego que haga el favor de contarnos. Pareció sorprenderse con la petición,
pero giró la cabeza y contó el número de miembros.
-Bueno -contestó de pronto-, somos tres..., pero, no, no es posible. No. Somos
doce.
De acuerdo con las cuentas que hice aquel día-, teníamos siempre razón en el
detalle, pero en la cuenta general siempre nos salía uno de más. No había
ninguna aparición ni figura que pudiera explicarlo, pero para entonces tenía ya
interiormente la sensación de que la aparición estaba implicad en el error.
El jurado se albergaba en la London Taverr Dormíamos todos en una sala amplia


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