Juicio por asesinato (Charles Dickens) - pág.6
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o desviación misteriosa. De eso estoy tan absolutamente seguro como de cualquier
otra afirmación que haga aquí. Finalmente decidí que asistiría porque
significaría una interrupción en la monotonía de mi vida.
El día designado fue una mañana fría del mes de noviembre. En Piccadilly había
una niebla densa y oscura que se volvió claramente negra en los alrededores
opresivos del Tribunal de Temple. Los pasillos y escaleras del Palacio de
justicia me parecieron resplandecientemente iluminados con gas, y el propio
tribunal estaba similarmente iluminado. Creo que hasta que fui conducido por los
oficiales al tribunal antiguo y lo vi abarrotado de gente no sabía que ese día
iba a juzgarse al asesino. Creo que hasta que me ayudaron a entrar en el
tribunal antiguo con considerable dificultad, no sabía a cuál de los dos
tribunales se me había citado. Pero no hay que toma esto como una afirmación
rotunda, pues no esto; totalmente seguro de que fuera así.
Tomé asiento en el lugar designado para que aguardaran los jurados y miré a mi
alrededor en e tribunal lo mejor que pude a través de la espesa nube de niebla y
alientos. Observé un vapor negro que colgaba como una cortina lóbrega por la
parte exterior de los grandes ventanales, y observé y presté atención al sonido
ahogado de las ruedas sobre la paja o el cascajo que cubrían la calle; presté
también atención al murmullo de las personas que allí se reunían, y que
traspasaba de vez en cuando un silbido agudo, o un saludo o una canción más
fuertes que el resto. Poco después entraron los jueces que eran dos, y tomaron
asiento. El zumbido de tribunal decayó mucho. Se ordenó que entrara e asesino. Y
en el mismo instante en el que entró re conocí en él al primero de los dos
hombres que habían bajado por Piccadilly.
Si en ese momento hubieran pronunciado un nombre dudo que hubiera sido capaz de
responde de forma audible. Pero lo pronunciaron en sexto octavo lugar, y para
entonces fui capaz de decir «presente!» Y ahora, preste atención el lector.
Cuando m dirigí hacia mi asiento de jurado el prisionero, que había estado
mirándolo todo atentamente pero si dar signo alguno de preocupación, se agitó
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