Juicio por asesinato (Charles Dickens) - pág.3
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sacaba del parque una buena cantidad de hojas caídas que una ráfaga arrastró y
formó con ellas una columna espiral. Cuando la columna cayó y se dispersaron las
hojas, vi a dos hombres al otro lado del camino, que iban desde el oeste hacia
el este. Uno iba detrás del otro. El primero se volvía a menudo para mirar por
encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos,
con la mano derecha levantada amenazadoramente. Atrajo primero mi atención la
singularidad y fijeza del gesto amenazador en un lugar tan público; y después la
circunstancia notable de que nadie le prestara atención. Ambos hombres seguían
su camino entre los otros viandantes con una suavidad que no resultaba coherente
ni siquiera con la acción de caminar sobre una acera; y que yo pudiera ver ni
una sola persona les cedía el paso, les tocaba o les miraba. Al pasar ante mi
ventana, ambos miraron hacia arriba, hacia mí. Contemplé los dos rostros con
gran claridad y supe que sería capaz de reconocerlos en cualquier lugar. Y no es
que observara conscientemente algo que fuera muy notable en alguna de sus caras,
salvo que el hombre que iba el primero tenía una apariencia inusualmente
humilde, y el rostro del hombre que le seguía tenía el color de cera sucia.
Soy soltero y mi ayuda de cámara y su esposa constituyen todo el servicio.
Trabajo en una sucursal bancaria y ojalá que mis deberes como jefe de
departamento fueran tan escasos como popularmente se supone. Ese otoño me
obligaron a permanecer en la ciudad, cuando yo necesitaba un cambio. No estaba
enfermo, pero tampoco me sentía muy bien. Al lector le corresponde extraer las
consecuencias que parezcan razonables del hecho de que me sentía fatigado, la
vida monótona me producía una sensación depresiva y estaba «ligeramente
dispéptico». Mi doctor, un hombre de fama, me aseguró que mi estado de salud en
aquella época no justificaba una descripción más poderosa, y cito lo que él
mismo me describió por escrito cuando se lo solicité. Conforme las
circunstancias del asesinato fueron revelándose gradualmente y atrayendo cada
vez más poderosamente la atención del público, las aparté de mi propia atención
enterándome de ellas lo menos posible en medio de la excitación general.
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