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Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.36

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Pero ninguno de ellos se fijó en él más que lo necesario para susurrarse algo el uno al otro y mirarle aviesamente al hacerlo. La dama estaba en el otro extremo de la habitación y en una ocasión se aventuró a hacerle una seña con la mano, como pidiéndole ayuda a mi tío.
Finalmente los dos desconocidos avanzaron un poco y se inició la conversación.
-Imagino, amigo, que no sabe usted que esto es una habitación privada -dijo el caballero vestido de azul celeste.
-No, amigo, lo ignoro -contestó mi tío-. Pero si esto es un salón privado preparado especialmente para la ocasión, imagino que el salón público debe ser verdaderamente cómodo.
Mientras decía lo anterior, mi tío tomó con los ojos unas medidas tan exactas del caballero que Tiggin y Welps podrían haberle proporcionado calicó impreso para un traje sin que sobrara ni faltara un centímetro, basándose sólo en aquella estimación.
-Salga de esta habitación -dijeron al unísono los dos hombres llevándose las manos a las espadas. -¿Cómo? -preguntó mi tío, que no parecía entender el significado de aquello.
-Abandone la habitación o es hombre muerte -dijo el tipo de mal aspecto y espada grande al tiempo que la sacaba y la blandía en el aire.
-¡A por él! -gritó el caballero de azul celeste sacando también la espada y retrocediendo dos o tres metros-. ¡A por él!
La dama lanzó un fuerte grito.
Ahora bien, mi tío fue famoso siempre por si gran audacia y presencia de ánimo. Aunque todo e tiempo había parecido tan indiferente a lo que estaba sucediendo, en realidad estaba buscando astuta mente algún objeto arrojadizo o arma defensiva, y en el instante mismo en el que se sacaron las espadas él veía en una esquina de la chimenea un viejo estoque de empuñadura de cestería y vaina oxidada. De un solo salto mi tío lo tuvo en la mano, lo sacó, lo blandió galantemente por encima de su cabeza, dijo en voz alta a la dama que se mantuviera apartada lanzó la silla al hombre de azul celeste y el estoque: del traje color ciruelo, y aprovechándose de la confusión cayó sobre ellos atropellándolos.
Caballeros, hay una antigua historia referente un joven y apuesto caballero irlandés -que no es peor por ser cierta-, al que cuando le preguntaron si podía tocar el violín contestó que sin duda podía, pero que no podía decirlo con seguridad porque nunca lo había intentado. Pues esa historia no deja de aplicarse a mi tío y su arte para la esgrima. Nunca antes había tenido una espada en la mano, salvo en una ocasión en la que interpretó a Ricardo III en un teatro privado: y en esa ocasión se había llegado a un arreglo con Richmond para que saliera corriendo, desde atrás, sin plantear pelea alguna. Y ahora estaba allí, combatiendo y acuchillando a dos expertos espadistas: arremetiendo y defendiendo, aguijoneando y tajando, comportándose de la manera más varonil y diestra posible aunque hasta ese momento no se había dado cuenta de que tuviera la menor idea de esa ciencia.


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