Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.34
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Sostuvo en alto el farol y miró fijamente el rostro de mi tío al entregárselo: con su luz mi tío vio con gran sorpresa que una multitud inmensa de escoltas de coches de correos se arremolinaba alrededor de la ventana, y que cada uno de ellos tenía la mirada fija en él. Nunca, desde que nació, había visto un mar tan grande de rostros blancos, cuerpos rojos y ojos fijos.
«Esto es lo más extraño que me ha pasado nunca», pensó mi tío.
-Permítame que le devuelva el sombrero, señor -dijo mi tío.
El caballero de mal aspecto recibió en silencio el
sombrero de tres picos, miró el agujero que tenía en el centro con actitud inquisitiva, y finalmente se lo colocó encima de la peluca con una solemnidad cuyo efecto quedó un poco dañado porque en ese mismo momento estornudó violentamente y con la sacudida volvió a destocarse.
-¡Todo en orden! -gritó el escolta del farol subiéndose al pequeño asiento de la parte posterior del coche.
Partieron. Mi tío se quedó mirando por la ventanilla del coche hacia fuera mientras salían del descampado y observó que otros coches con cocheros, escoltas, caballos y pasajeros, daban vueltas y vueltas en círculos a un trote lento de unos ocho kilómetros por hora. Mi tío, caballeros, ardía de indignación. Como hombre dedicado al comercio, pensaba que no se podía jugar con las bolsas del correo, y decidió escribir un memorial sobre el tema a la Oficina de Correos en el instante mismo en que llegara a Londres.
Sin embargo, en ese momento sus pensamientos se ocupaban de la joven dama sentada en la esquina más alejada del coche, con el rostro bien oculto bajo la capucha; el caballero de la capa azul celeste se sentaba frente a ella; el del traje color ciruela a su lado; y ambos la vigilaban estrechamente. Si ella hacía crujir demasiado los pliegues de la capucha, mi tío podía oír que el hombre de mal aspecto se llevaba la mano a la espada, y podía saber por la respiración del otro (estaba tan oscuro que no podía verle el rostro) que parecía que fuera a devorarla de un bocado. Aquella intrigó más y más a mi tío hasta que decidió que, pasara lo que pasara, llegaría hasta el final. Sentía una gran admiración por los ojos brillantes, los rostros dulces y las piernas y los pies hermosos; en resumen, le encantaba todo lo del otro sexo. Eso va con nuestra familia, caballeros, y lo mismo me sucede a mí.
Fueron muchas las tretas que puso en práctica mi tío para atraer la atención de la dama, o al menos para introducir en conversación a los misteriosos caballeros. Pero todo en vano; los caballeros no hablaban y la dama no miraba. A intervalos sacaba la cabeza por la ventanilla del coche y vociferaba que por qué no iban más deprisa. Pero gritó hasta quedarse ronco; nadie le prestaba la menor atención. Se arrellanó en el coche y pensó en las hermosas piernas, pies y rostro que tenía delante.
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