Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.32
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¡Los pasajeros iban vestidos todos de manera muy extraña! Grandes capas abrochadas de falda ancha, de puños enormes y sin cuellos; y pelucas, caballeros... grandes y serias pelucas con un lazo atrás. Mi tío no podía sacar nada en limpio de todo aquello.
-¿ Va usted a entrar ya? -dijo la misma persona que se había dirigido antes a mi tío.
Iba vestido como un escolta de correos, con peluca y capa de puños enormes, un farol en una mano y en la otra un trabuco enorme que en ese momento iba a guardar en un pequeño cofre.
-¿ Va a entrar ya, Jack Martin? -dijo el escolta sosteniendo el farol a la altura del rostro de mi tío. -¡Oiga! -exclamó mi tío retrocediendo uno o dos pasos-. ¡Eso es demasiada familiaridad!
-Así lo pone en el billete -contestó el escolta. -¿Y no lleva un «señor» delante? -preguntó mi tío. Pues pensó, caballeros, que el hecho de que un escolta al que no conocía le llamara Jack Martin era una libertad que Correos no habría permitido de haberla conocido.
-No, no lo lleva -contestó fríamente el escolta. -¿Está pagado el billete? -preguntó mi tío. -Claro que sí -contestó el otro.
-¿Lo está, sí lo está? ¡Pues vayamos allí entonces! ¿Qué coche es?
-Éste -contestó el escolta señalando a un coche que unía Londres con Edimburgo, pasado de moda, que tenía los escalones bajados y la puerta abierta-. ¡Un momento! Hay otros pasajeros. Déjeles entrar primero.
Mientras el escolta hablaba, apareció inmediatamente, delante de mi tío, un caballero joven de peluca empolvada y una capa color azul celeste adornada con plata, de faldones llenos y anchos, y forrada de bocací. En el lino del chaleco y el calicó estaba impreso Tiggin y Welps, caballeros, por lo que mi tío reconoció de inmediato los materiales. Llevaba pantalones hasta la rodilla, y una especie de polainas sobre las medias de seda, y zapatos con hebillas; volantes en las muñecas, sombrero de tres picos en la cabeza y una espada larga y afilada al costado. Las solapas del chaleco le llegaban hasta la mitad de los muslos, y el extremo de la corbata hasta la cintura. Caminó con paso grave hasta la puerta del coche, se quitó el sombrero y lo sostuvo por encima de la cabeza con el brazo extendido: al mismo tiempo sostenía levantado el dedo meñique como hacen algunas personas afectadas cuando toman una taza de té. Luego juntó los pies, hizo una grave reverencia y extendió la mano izquierda. Mi tío iba a adelantarse para estrechársela cordialmente cuando se dio cuenta de que aquellas atenciones no se las dirigía a él, sino a una joven dama que en ese momento apareció al pie de los escalones, ataviada con un anticuado vestido de terciopelo verde de cintura larga y peto. No llevaba sombrero en la cabeza, caballeros, que ocultaba con una capucha de seda negra, y miró a su alrededor un instante cuando se disponía a entrar en el coche, revelando un rostro tan hermoso como mi tío no había visto nunca, ni siquiera en un cuadro.
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