Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.31
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El comerciante, el amante, la esposa, la viuda, la madre, el escolar e incluso el niño que tambaleándose se había acercado a la puerta a la llamada del cartero... cómo habían esperado todos la llegada del viejo coche. ¡Y dónde estarían todos ahora!
Caballeros, mi tío solía decir que pensó todo esto en aquel momento, pero yo sospecho más bien que lo sacó después de algún libro, pues afirmaba con claridad que cayó en una especie de siesta mientras estaba sentado sobre el viejo eje de ruedas mirando los coches de correos en decadencia, hasta que de pronto le despertaron unas campanadas de iglesia que daban las dos. Ahora bien, mi tío no fue nunca muy rápido en el pensamiento, y si había pensado todas estas cosas estoy seguro de que habría necesitado para ello, por lo menos, hasta mucho más allá de pasadas las dos y media. Por tanto, soy decididamente de la opinión, caballeros, de que mi tío cayó en una especie de adormecimiento sin haber pensado nada en absoluto.
Sea como sea, las campanas de una iglesia dieron las dos. Mi tío despertó, se frotó los ojos y se sobresaltó asombrado.
Un instante después de que el reloj diera las dos, todo aquel lugar tranquilo y desértico se había convertido en el escenario de la vida y la animación más extraordinarias. Las puertas de los coches estaban sobre sus goznes, los forros en su sitio, el forjado era tan bueno como nuevo, la pintura había sido restaurada, las lámparas encendidas, en cada pescante había cojines y grandes mantas, los mozos colocaban paquetes en todos los maleteros, los guardas amontonaban las bolsas de las cartas, los palafreneros arrojaban cubos de agua sobre las ruedas renovadas; muchos hombres se apresuraban por la zona poniendo varas en cada coche; llegaron los pasajeros, se entregaron las maletas, se colocaron los caballos; en suma, resultaba absolutamente evidente que iban a salir de inmediato todos los coches que allí había. Caballeros, mi tío abrió los ojos tanto ante todo aquello que hasta el último momento de su vida se asombró de que hubiera sido capaz de volverlos a cerrar otra vez.
-¡Vamos! -gritó una voz mientras mi tío sentía una mano en su hombro-. Ha comprado usted billete de interior. Será mejor que entre.
-¿ Yo lo he comprado? -preguntó mi tío dándose la vuelta.
-Sí, claro.
Mi tío, caballeros, no era capaz de decir nada; tan asombrado estaba. Lo más extraño de todo era que aunque hubiese tal multitud de personas, y aunque estuvieran apareciendo nuevos rostros a cada momento, no podía saberse de dónde venían. Parecían brotar de alguna extraña manera del mismo suelo, o del aire, para desaparecer del mismo modo. Cuando un mozo metió su equipaje en el coche y recibió la propina, se dio la vuelta y desapareció; y antes de que mi tío hubiera empezado a preguntarse qué había sucedido con él, aparecieron media docena más tambaleándose bajo el peso de unos paquetes que parecían lo bastante grandes como para aplastarlos.
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