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Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.10

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Bueno, también esto era confortable; pero no era todo: pues en el bar, sentada frente a un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más brillante, había una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan confortable como el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora suprema de todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en la belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, de abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello negro y ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se necesitaba gran penetración para saber que estaba en el camino adecuado de persuadirla para que dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de sentarse en ese bar durante lo que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de cestería despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo sentirse extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía observar, desde su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas familiaridades afectivas entre el hombre alto y la viuda, que indicaban en grado suficiente que el hombre alto recibía un trato de favor tan elevado como su propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche caliente -m aventuraría a decir que le encantaba demasiado el ponche caliente-, y después de haber comprobado que la yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía sobre suficiente paja, y de haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena caliente que la viuda preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito a modo de experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un artículo que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo agradable -algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia-, pero en aquel cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en el exterior haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le resulta absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más -no estoy muy seguro de que no pidió otro después de aquél-, pero cuanto más ponche caliente bebía, más pensaba en el hombre alto.
-¡Que su insolencia le confunda! -exclamó Tom para sí mismo-. ¿Qué asuntos tiene que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera algún gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada vez más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.


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