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Historias de fantasmas (Charles Dickens) - pág.8

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Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el secrete entre ellos: y nadie lo sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por allí una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, cuando llueve a cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia persona, sabrá hasta qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría sido suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia inclinada, como las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en la escuela para que los muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento desaparecía y el viajero empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia anterior, ella misma se había apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y gruñir en la distancia y precipitarse desde la cumbre de las colinas, barriendo la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al acercarse, hasta que caía en una fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo la lluvia afilada en las orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y después batía detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara de la debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia fuerza y poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para el servicio
-Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo proceso.


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