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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.101

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Dije a Biddy que quería pasear un poco más, y así lo hicimos hasta que la tarde de verano desapareció ante el crepúsculo, que fue muy hermoso. Yo empecé a reflexionar si, en resumidas cuentas, estaba ahora situado de un modo más natural y agradable que jugando a los naipes a la luz de las bujías en la habitación de los relojes parados y siendo despreciado por Estella. Creí que lo mejor para mí sería olvidar a Estella por completo, así como los demás recuerdos y fantasías, y empezar a trabajar, decidido a que me gustara lo que tenía que hacer, aplicarme a ello y sacar el mejor partido posible. Dudé acerca de que si Estella estuviese a mi lado, en vez de Biddy, tal vez entonces me sentiría desdichado. Tuve que confesarme que estaba seguro de que sería así, y por eso no pude menos que decirme:
- ¡Qué tonto eres, Pip!
Mientras andábamos, Biddy y yo hablamos mucho, y me pareció muy razonable cuanto ella me dijo. Biddy no era nunca insolente ni caprichosa o variable; no habría sentido el más pequeño placer en darme un disgusto, y estoy seguro de que más bien se habría herido a sí misma que a mí. ¿Cómo se explicaba, pues, que yo no la prefiriese entre las dos?
-Biddy - dije cuando nos encaminábamos a casa -. Me gustaría mucho que pudieras convencerme.
- ¡Ojalá me fuese posible! - exclamó.
- Si pudiese lograr enamorarme de ti... ¿No te importa que te hable con tanta franqueza, teniendo en cuenta que ya somos antiguos amigos?
- ¡Oh, no! - contestó Biddy -. No te preocupes por mí.
- Si pudiese lograr eso, creo que sería lo más conveniente para mí.
- Pero tú no te enamorarás nunca de mí - replicó Biddy.
Aquella tarde no me pareció eso tan imposible como si hubiésemos hablado de ello unas horas antes. Por consiguiente, observé que no estaba tan seguro de ello. Pero Biddy sí estaba segura, según dijo con acento de la mayor certidumbre. En mi corazón comprendía que tenía razón, y, sin embargo, me supo mal que estuviera tan persuadida de ello.
Cuando llegamos cerca del cementerio tuvimos que cruzar un terraplén y llegamos a un portillo cerca de una compuerta. En aquel momento surgió de la compuerta, de los juncos o del lodo (lo cual era muy propio de él) nada menos que el viejo Orlick.
- ¡Hola! - exclamó -. ¿Adónde vais?
- ¿Adónde hemos de ir, sino a casa?
- Que me maten si no os acompaño.
Tenía la costumbre de usar esta maldición contra sí mismo. Naturalmente, no le atribuía su verdadero significado, pero la usaba como su supuesto nombre de pila, sencillamente para molestar a la gente y producir una impresión de algo terrible. Cuando yo era pequeño estaba convencido de que si él me hubiese matado, lo habría hecho con la mayor crueldad.
A Biddy no le gustó que fuese con nosotros, y en voz muy baja me dijo:


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