Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.44
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Por eso me demostraba tanto desdén como si tuviese ya veintiún años y fuese una reina.
Entramos en la casa por una puerta lateral, porque la principal estaba defendida exteriormente por dos enormes cadenas, y la primera cosa que advertí fue que todos los corredores estaban a oscuras y que mi guía dejó allí una vela encendida. La tomó cuando pasamos junto a ella, nos internamos por otros corredores y subimos luego una escalera. Todo seguía siendo oscuro, de manera que tan sólo nos alumbraba la luz de la bujía.
Por fin llegamos ante la puerta de una estancia, y la joven me ordenó:
- Entra.
Yo, movido más bien por la timidez que por la cortesía, le contesté:
-Después de usted, señorita.
- No seas ridículo, muchacho - me replicó -. Yo no voy a entrar.
Y, desdeñosamente, se alejó y, lo que era peor, se llevó la vela consigo.
Eso era muy desagradable y yo estaba algo asustado. Pero como no tenía más recurso que llamar a la puerta, lo hice, y entonces oí una voz que me ordenaba entrar. Por consiguiente, obedecí, encontrándome en una habitación bastante grande y muy bien alumbrada con velas de cera. Allí no llegaba el menor rayo de luz diurna. A juzgar por el mobiliario, podía creerse que era un tocador, aunque había muebles y utensilios de formas y usos completamente desconocidos para mí. Pero lo más importante de todo era una mesa cubierta con un paño y coronada por un espejo de marco dorado, en lo cual reconocí que era una mesa propia de un tocador y de una dama refinada.
Ignoro si habría comprendido tan pronto el objeto de este mueble de no haber visto, al mismo tiempo, a una elegante dama sentada a poca distancia. En un sillón de brazos y con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano correspondiente vi a la dama más extraña que jamás he visto o veré.
Vestía un traje muy rico de satén, de encaje y de seda, todo blanco. Sus zapatos eran del mismo color. De su cabeza colgaba un largo velo, asimismo blanco, y su cabello estaba adornado por flores propias de desposada, aunque aquél ya era blanco. En su cuello y en sus manos brillaban algunas joyas, y en la mesa se veían otras que centelleaban. Por doquier, y medio doblados, había otros trajes, aunque menos espléndidos que el que llevaba aquella extraña mujer. En apariencia no había terminado de vestirse, porque tan sólo llevaba un zapato y el otro estaba sobre la mesa inmediata a ella. En cuanto al velo, estaba arreglado a medias, no se había puesto el reloj y la cadena, y sobre la mesa coronada por el espejo se veían algunos encajes, su pañuelo, sus guantes, algunas flores y un libro de oraciones, todo formando un montón.
Desde luego, no lo vi todo en los primeros momentos, aunque sí pude notar mucho más de lo que se creería, y advertí también que todo lo que tenía delante, y que debía de haber sido blanco, lo fue, tal vez, mucho tiempo atrás, porque había perdido su brillo, tomando tonos amarillentos.
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