Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.43
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Entra, Pip.
El señor Pumblechook también se disponía a entrar, pero ella le detuvo en la puerta.
- ¡Oh! - dijo -. ¿Desea usted ver a- la señorita Havisham?
- Siempre que la señorita Havisham quiera verme - contestó el señor Pumblechook, perdiendo las esperanzas que hasta entonces tuviera.
- ¡Ah! -dijo la joven -. Pero el caso es que ella no lo desea.
Pronunció estas palabras con un tono tan decisivo, que el señor Pumblechook, aunque sentía su dignidad ofendida, no se atrevió a protestar. Pero me miró con la mayor severidad, como si yo le hubiese hecho algo. Y pocos momentos después se alejó, no sin haberme dicho, en tono de reproche:
-Muchacho, haz de manera que tu comportamiento aquí acredite a los que te han criado «a mano».
Yo no tenía la seguridad de que se marchase sin haberme preguntado: ¿Y dieciséis?» Pero no lo hizo.
Mi joven guía cerró la puerta y luego atravesamos el patio, limpio y cubierto de losas, por todas las uniones de las cuales crecía la hierba. E1 edificio de la fábrica de cerveza comunicaba con la casa contigua por medio de un pasadizo, y las puertas de madera de éste permanecían abiertas, así como también la fábrica, que estaba más allá y rodeada por una alta cerca; pero todo se veía desocupado y con el aspecto de no haber sido utilizado durante mucho tiempo. El viento parecía soplar con mayor frialdad allí què en la calle, y producía un sonido agudo al entrar y salir por la fábrica de cerveza, semejante al silbido que en alta mar se oye cuando el viento choca contra el cordaje de un buque.
La joven me vio mirándolo todo, y dijo:
-Sin inconveniente alguno podrías beberte ahora toda la cerveza que ahí se hace, muchacho. ¿No te parece?
- Creo que, en efecto, podría bebérmela, señorita - repliqué con timidez.
-Es mejor no intentar siquiera hacer cerveza ahí, porque se pondría en seguida agria, ¿no es cierto?
- Así lo creo, señorita.
-No te lo digo porque nadie lo haya intentado-añadió -, pues la fabricación ha terminado ya por completo y hasta que se caiga de vieja continuará como está. Sin embargo, en la bodega hay bastante cerveza fuerte para anegar esta casa solariega.
- ¿Así se llama la casa, señorita?
- Es uno de sus nombres.
- ¿De modo que tiene más de uno?
- Otro tan sólo. Su otro nombre fue «Satis», lo cual es griego, latín, hebreo, o los tres idiomas juntos, porque los tres son igual para mí, y significa «bastante».
- ¡ «Bastante casa» casa! -exclamé yo-. Es un nombre curioso, señorita.
- Sí - replicó -, pero significa más de lo que dice. Cuando se lo dieron, querían dar a entender que quien poseyera esta casa no necesitaba ya nada más. Estoy persuadida de que en aquellos tiempos sus propietarios debían de contentarse fácilmente. Pero no te entretengas, muchacho.
Aunque me llamaba muchacho con tanta frecuencia y con tono que estaba muy lejos de resultar lisonjero, ella era casi de mi misma edad, si bien parecía tener más años a causa del sexo a que pertenecía, de que era hermosa y de que se movía y hablaba con mucho aplomo.
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