Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.42
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Éste parecía ser la única persona en la calle Alta cuyo trabajo absorbiese toda su atención.
El señor Pumblechook y yo nos desayunamos a las ocho de la mañana en la trastienda, en tanto que su empleado tomaba su taza de té y un poco de pan con manteca sentado, junto a la puerta de la calle, sobre un saco de guisantes. La compañía dal señor Pumblechook me pareció muy desagradable. Además de estar penetrado de la convicción de mi hermana de que me convenía una dieta mortificante y penitente y de que me dio tanto pan como era posible dada la poca manteca qua extendió en él, y de que me echó tal cantidad de agua caliente en la leche que mejor habría sido prescindir por completo de ésta, además de todo eso, la conversación del viejo no se refería más que a la aritmética. Como respuesta a mi cortés salutación de la mañana, me dijo, dándose tono:
- ¿Siete por nueve, muchacho?
No comprendió la imposibilidad de que.yo contestase, apurado como estaba, en un lugar desconocido y con el estómago vacío. Sentía mucha hambre, pero antes de que pudiera tragar mi primer bocado me sometió a una suma precipitada que duró tanto como el desayuno.
- ¿Siete y cuatro? ¿Y ocho? ¿Y seis? ¿Y dos? ¿Y diez?
Y así sucesivamente, y a cada una de mis respuestas, cuando me disponía a dar un mordisco o a beber un poco de té, llegaba la siguiente pregunta, en tanto que él estaba muy a sus anchas sin tener que contestar a ningún problema aritmético, comiendo tocino frito y panecillo caliente con la mayor glotonería.
Por tales razones sentí contento en cuanto dieron las diez y salimos en dirección a la casa de la señorita Havisham, aunque no estaba del todo tranquilo con respecto al cometido que me esperaba bajo el techo de aquella desconocida. Un cuarto de hora después llegamos a casa de la señorita Havisham, toda de ladrillos, muy vieja, de triste aspecto y provista de muchas barras de hierro. Varias ventanas habían sido tapiadas, y las que quedaban estaban cubiertas con rejas oxidadas. En la parte delantera había un patio, también defendido por una enorme puerta, de manera qua después de tirar de la cadena de la campana tuvimos que esperar un rato hasta que alguien llegase a abrir la puerta. Mientras aguardábamos ante ésta, yo traté de mirar por la cerradura, y aun entonces el señor Pumblechook me preguntó:
- ¿Y catorce?
Pero fingí no haberle oído. Vi que al lado de la casa había una gran fábrica de cerveza, completamente abandonada, al parecer, desde hacía mucho tiempo.
Se abrió una ventana y una voz clara preguntó:
- ¿Quién llama?
A lo cual mi guía contestó:
- Pumblechook.
- Muy bien - contestó la voz; y se cerró de nuevo la ventana.
Pocos momentos después, una señorita joven atravesó el patio empuñando una llave.
-Éste es Pip-dijo el señor Pumblechook.
- ¿Éste es Pip? - repitió la señorita, qua era muy linda y parecía muy orgullosa -.
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