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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.40

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Pero si no lo hace, se las verá conmigo.
Yo había oído mencionar a la señorita Havisham, de la ciudad, como mujer de carácter muy triste e inmensamente rica, que vivía en una casa enorme y tétrica, fortificada contra los ladrones, y que en aquel edificio llevaba una vida de encierro absoluto.
- ¡Caramba! - observó Joe, asombrado -. No puedo explicarme cómo es posible que conozca a Pip.
- ¡Tonto! - exclamó mi hermana -. ¿Quién te ha dicho que le conoce?
- Alguien - replicó suavemente Joe - mencionó el hecho de que ella quería que fuese el chico allí para jugar.
- ¿Y no es posible que haya preguntado al tío Pumblechook si conoce algún muchacho para que vaya a jugar a su casa? ¿No puede ser que el tío Pumblechook sea uno de sus arrendatarios y que algunas veces, no diré si cada trimestre o cada medio año, porque eso tal vez sería demasiado, pero sí algunas veces, va allí a pagar su arrendamiento? ¿Y no podría, entonces, preguntar ella al tío Pumblechook si conoce algún muchacho para que vaya a jugar a su casa? Y como el tío Pumblechook es hombre muy considerado y que siempre nos recuerda cuando puede hacernos algún favor, aunque tú no lo creas, Joe - añadió en tono de profundo reproche, como si mi amigo fuese el más desnaturalizado de los sobrinos -, nombró a este muchacho, que está dando saltos de alegría - cosa que, según declaro solemnemente, yo no hacía en manera alguna - y por el cual he sido siempre una esclava.
- ¡Bien dicho! - exclamó el tío Pumblechook -. Has hablado muy bien. Ahora, Joe, ya conoces el caso.
- No, Joe - añadió mi hermana, todavía en tono de reproche, mientras él se pasaba el dorso de la mano por la nariz, con aire de querer excusarse -, todavía, aunque creas lo contrario, no conoces el caso. Es posible que te lo figures, pero aún no sabes nada, Joe. Y digo qùe no lo sabes, porque ignoras que el tío Pumblechook, con mayor amabilidad y mayor bondad de la que puedo expresar, con objeto de que el muchacho haga su fortuna yendo a casa de la señorita Havisham, se ha prestado a llevárselo esta misma noche a la ciudad, en su propio carruaje, para que duerma en su casa y llevarlo mañana por la mañana a casa de la señorita Havisham, dejándolo en sus manos. Pero ¿qué hago? - exclamó mi hermana quitándose el gorro con repentina desesperación -. Aquí estoy hablando sin parar, mientras el tío Pumblechook se espera y la yegua se enfría en la puerta, sin pensar que ese muchacho está lleno de suciedad, de pies a cabeza.
Dichas estas palabras, se arrojó sobre mí como un águila sobre un cabrito, y a partir de aquel momento mi rostro fue sumergido varias veces en agua, enjabonado, sobado, secado con toallas, aporreado, atormentado y rascado hasta que casi perdí el sentido. Y aquí viene bien observar que tal vez soy la persona que conoce mejor, en el mundo entero, el efecto desagradable de una sortija de boda cuando roza brutalmente contra un cuerpo humano.


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