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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.39

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Pensé que cualquier persona podría morirse aquella noche si permanecía en los marjales. Y cuando luego miré a las estrellas, consideré lo horroroso que sería para un hombre que se hallara en tal situación el volver la mirada a ellas cuando se sintiese morir helado y advirtiese que de aquella brillante multitud no recibía el más pequeño auxilio ni la menor compasión.
- Ahí viene la yegua - dijo Joe -, como si estuviera llena de campanillas.
En efecto, el choque de sus herraduras de hierro sobre el duro camino era casi musical mientras se aproximaba a la casa a un trote más vivo que de costumbre. Sacamos una silla para que la señora Joe se apease cómodamente, removimos el fuego a fin de que la ventana de nuestra casa se le apareciese con alegre aspecto y examinamos en un momento la cocina procurando que nada estuviese fuera de su sitio acostumbrado. En cuanto hubimos terminado estos preparativos, salimos al exterior abrigados y tapados hasta los. ojos. Pronto echó pie a tierra la señora Joe y también el tío Pumblechook, que se apresuró a cubrir a la yegua con una manta, de modo que pocos instantes después estuvimos todos en el interior de la cocina, llevando con nosotros tal cantidad de aire frío que parecía suficiente para contrarrestar todo el calor del fuego.
- Ahora - dijo la señora Joe desabrigándose apresurada y muy excitada y echando hacia la espalda su gorro, que pendía de los cordones -, si este muchacho no se siente esta noche lleno de gratitud, jamás en la vida podrá mostrarse agradecido.
Yo me esforcé en exteriorizar todos los sentimientos de gratitud de que era capaz un muchacho de mi edad, aunque carecía en absoluto de informes que me explicasen el porqué de todo aquello.
- Espero - dijo mi hermana - que no se descarriará. Aunque he de confesar que tengo algunos temores.
- Ella no es capaz de permitirlo, señora - dijo el señor Pumblechook -; es mujer que sabe lo que tiene entre manos.
¿«Ella»? Miré a Joe moviendo los labios y las cejas, repitiendo silenciosamente «Ella». Él me imitó en mi pantomima, y como mi hermana nos sorprendiera en nuestra mímica, Joe se pasó el dorso de la mano por la nariz, con aire conciliador propio de semejante caso, y la miró.
- ¿Por qué me miras así? - preguntó mi hermana en tono agresivo -. ¿Hay fuego en la casa?
- Como alguien mencionó a «ella»... - observó delicadamente Joe.
- Pues supongo que es «ella» y no «él» - replicó mi hermana -, a no ser que te figures que la señorita Havisham es un hombre. Capaz serías de suponerlo.
- ¿La señorita Havisham, de la ciudad? - preguntó Joe.
- ¿Hay alguna señorita Havisham en el pueblo? - repIicó mi hermana -. Quiere que se le mande a ese muchacho para que vaya a jugar a su casa. Y, naturalmente, irá. Y lo mejor que podrá hacer es jugar allí - explicó mi hermana meneando la cabeza al mirarme, como si qusiera infundirme los ánimos necesarios para que me mostrase extremadamente alegre y juguetón -.


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