Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.37
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- No hay duda - asintió Joe -. Eso es. Tienes razón, muchacho. Cuando conocí a tu hermana se hablaba de que ésta te criaba « a mano». La gente le alababa mucho por esta causa, y yo con los demás. Y en cuanto a ti - añadió Joe como decidiéndose a decir algo muy desagradable -, si hubieras podido ver cuán pequeño, flaco y flojo eras, no habrías tenido muy buena opinión de ti mismo.
Como estas palabras no me gustaron, le dije:
- No hay por qué ocuparse de lo que yo era, Joe.
- Pero yo sí que me ocupaba, Pip - contestó con tierna sencillez -. Cuando ofrecí a tu hermana casarme con ella, y a su vez se manifestó dispuesta a casarse conmigo y a venir a vivir a la fragua, le dije: «Tráete también al pobrecito niño, Dios le bendiga.» Y añadí: «En la fragua habrá sitio para él.»
Yo me eché a llorar y empecé a pedirle perdón, arrojándome a su cuello. Joe me abrazó diciendo:
- Somos muy buenos amigos, ¿no es verdad, Pip? Pero no llores, muchacho.
Cuando hubo pasado esta escena emocionante, Joe continuó diciendo:
- En fin, Pip, que aquí estamos. Ahora, lo que conviene es que me enseñes algo, Pip, aunque debo advertirte de antemano que soy muy duro de mollera, mucho. Además, es preciso que la señora Joe no se entere de lo que hacemos. Tú me enseñarás sin que lo sepa nadie. Y ¿por qué este secreto? Voy a decírtelo, Pip.
Empuñaba otra vez el hierro de que se servía para atizar el fuego y sin el cual me figuro que no habría podido seguir adelante en su demostración.
- Tu hermana está entregada al gobierno.
- ¿Entregada al gobierno, Joe?
Me sobresalté por habérseme ocurrido una idea vaga, y debo confesar que también cierta esperanza de que Joe se había divorciado de mi hermana en favor de los Lores del Almirantazgo o del Tesoro.
- Sí, entregada al gobierno - replicó Joe -. Con lo cual quiero decir al gobierno de ti y de mí mismo.
- ¡Oh!
- Y como no es aficionada a tener alumnos en la casa - cóntinuó Joe -, y en particular no le gustaría que yo me convirtiese en estudiante, por temor a que luego quisiera tener más autoridad que ella, conviene ocultárselo. En una palabra, temería que me convirtiese en una especie de rebelde. ¿Comprendes?
Yo iba a replicar con una pregunta, y ya había empezado a articular un ¿Por qué...?», cuando Joe me interrumpió:
- Espera un poco. Sé perfectamente lo que vas a decir, Pip. Espera un poco. No puedo negar que tu hermana se ha convertido en una especie de rey absoluto para ti y para mí. Y eso desde hace mucho tiempo. Tampoco puedo negar que nos maltrata bastante en los momentos en que se pone furiosa. - Joe pronunció estas palabras en voz baja y miró hacia la puerta, añadiendo -: Y no puedo menos de confesar que tiene la mano dura.
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