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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.35

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Página 35 de 381



- Mira - dijo Joe -. Aquí hay una «J» y una «O» muy bien dibujadas. Esto sin duda dice «Joe».
Jamás oí a mi amigo leer otra palabra que la que acababa de pronunciar; en la iglesia, el domingo anterior, observé que sostenía el libro de rezos vuelto al revés, como si le prestase el mismo servicio que del derecho. Y deseando aprovechar la ocasión, a fin de averiguar si, para enseñar a Joe, tendría que empezar por el principio, le dije:
- Lee lo demás, Joe.
- ¿Lo demás, Pip? - exclamó Joe mirando a la pizarra con expresión de duda -. Una... una «J» y ocho «oes».
En vista de su incapacidad para descifrar la carta, yo me incliné hacia él y, con la ayuda de mi dedo índice, la leí toda.
- ¡Es asombroso! - dijo Joe en cuanto hube terminado -. Sabes mucho.
- ¿Y cómo lees «Gargery», Joe? - le pregunté, con modesta expresión de superioridad.
- De ninguna manera.
- Pero supongamos que lo leyeras.
- No puede suponerse - replicó Joe -. Sin embargo, me gusta mucho leer.
- ¿De veras?
-Mucho. Dame un buen libro o un buen periódico, déjame que me siente ante el fuego y soy hombre feliz. ¡Dios mío! - añadió después de frotarse las rodillas -. Cuando se encuentra una «J» y una «O» y comprende uno que aquello dice «Joe», se da cuenta de lo interesante que es la lectura.
Por estas palabras comprendí que la instrucción de Joe estaba aún en la infancia. Y, hablando del mismo asunto, le pregunté:
- Cuando eras pequeño como yo, Joe, ¿fuiste a la escuela?
- No, Pip.
- Y ¿por qué no fuiste a la escuela cuando tenías mi edad?
- Pues ya verás, Pip - contestó Joe empuñando el hierro con que solía atizar el fuego cuando estaba pensativo -Voy a decírtelo. Mi padre, Pip, se había dado a la bebida y cuando estaba borracho pegaba a mi madre con la mayor crueldad. Ésta era la única ocasión en que movía los brazos, pues no le gustaba trabajar. Debo añadir que también se ejercitaba en mí, pegándome con un vigor que habría estado mucho mejor aplicado para golpear el hierro con el martillo. ¿Me comprendes, Pip?
- Sí, Joe.
- A consecuencia de eso, mi madre y yo nos escapamos varias veces de la casa de mi padre. Luego mi madre fue a trabajar, y solía decirme: «Ahora, Joe, si Dios quiere, podrás it a la escuela, hijo mío.» Y quería llevarme a la escuela. Pero mi padre, en el fondo, tenía muy buen corazón y no podía vivir sin nosotros. Por eso vino a la casa en que vivíamos y armó tal escándalo en la puerta, que no tuvimos más remedio que irnos a vivir con él. Pero luego, en cuanto nos tuvo otra vez en casa, volvió a pegarnos. Y ésta fue la causa, Pip-terminó Joe, dejando de remover las brasas y mirándome -, de que mi instrucción esté un poco atrasada.


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