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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.30

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Nuestras luces, con sus llamas agrisadas, calentaban el aire alrededor de nosotros, y a los dos prisioneros parecía gustarles aquello mientras cojeaban rodeados por los soldados y por sus armas de fuego. No podíamos avanzar de prisa a causa de la cojera de los dos desgraciados, quienes estaban, por otra parte, tan fatigados, que por dos o tres veces tuvimos que detenernos todos para darles algún descanso.
Después de una hora de marchar así llegamos junto a una mala cabaña de madera y a un embarcadero. En la primera había un guardia que nos dió el «¿Quién vive?», pero el sargento contestó con el santo y seña. Luego entramos en la cabaña, en donde se percibía pronunciado olor a tabaco y a cal apagada. Había un hermoso fuego y el lugar estaba alumbrado por una lámpara, a cuya luz se distinguía un armero lleno de fusiles, un tambor y una cama de madera, muy baja, como una calandria de gran magnitud sin la maquinaria, y capaz para doce soldados a la vez. Tres o cuatro de éstos que estaban echados y envueltos en sus chaquetones no parecieron interesarse por nuestra llegada, pues se limitaron a levantar un poco la cabeza, mirándonos soñolientos, y luego se tendieron de nuevo. El sargento dio el parte de lo ocurrido y anotó algo en el libro registro, y entonces el penado a quien yo llamo «el otro» salió acompañado por su guardia para ir a bordo antes que su compañero.
Mi penado no volvió a mirarme después de haberlo hecho en el marjal. Mientras permanecimos en la cabaña se quedó ante el fuego, sumido en sus reflexiones, levantando alternativamente los pies para calentárselos y mirándolos pensativo, como si se compadeciera de sus recientes aventuras. De pronto se volvió al sargento y observó:
- Quisiera decir algo acerca de esta fuga, pues ello servirá para justificar a algunas personas de las que tal vez se podría sospechar.
- Puedes decir lo que quieras - replicó el sargento, que estaba en pie y con los brazos cruzados, mientras le miraba fríamente -, pero no tienes derecho a hablar aquí. Ya te darán la oportunidad de hacerlo cuanto quieras antes de dar por terminado este asunto.
- Ya lo sé, pero ahora se trata de una cosa completamente distinta. Un hombre no puede permanecer sin comer; por lo menos, yo no puedo. Tomé algunos víveres en la aldea que hay por allí..., es decir, donde está la iglesia, casi junto a los marjales.
- Querrás decir que los robaste - observó el sargento.
- Ahora le diré de dónde eran. De casa del herrero.
- ¿Oye usted? - dijo el sargento mirando a Joe.
- ¿Qué te parece, Pip? - exclamó Joe volviéndose a mí.
- Fueron algunas cosas sueltas. Algo que pude coger. Nada más. También un trago de licor y un pastel.
- ¿Ha echado usted de menos un pastel, herrero? - preguntó el sargento en tono confidencial.
-Mi mujer observó que faltaba, en el preciso momento de entrar usted.


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