Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.29
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Entonces mi penado se exasperó tanto que, a no ser porque se interpusieron los soldados, se habría arrojado contra el otro.
- ¿No les dije - exclamó éste - que me habría asesinado si le hubiese sido posible?
Todos pudieron ver que se estremecía de miedo y que en sus labios aparecían unas curiosas manchas blancas, semejantes a pequeños copos de nieve.
- ¡Basta de charla! - ordenó el sargento -. Encended esas antorchas.
Cuando uno de los soldados, que llevaba un cesto en vez de un arma de fuego, se arrodilló para abrirlo, mi penado miró alrededor de él por primera vez y me vio. Yo había echado pie a tierra cuando llegamos junto a la zanja, y aún no me había movido de aquel lugar. Le miré atentamente, al observar que él volvía los ojos hacia mí, y moví un poco las manos, meneando, al mismo tiempo, la cabeza. Había estado esperando que me viese, pues deseaba darle a entender mi inocencia. No sé si comprendió mi intención, porque me dirigió una mirada que no entendí y, además, la escena fue muy rápida. Pero ya me hubiese mirado por espacio de una hora o de un día, en lo futuro no habría podido recordar una expresión más atenta en su rostro que la que entonces advertí en él.
El soldado que llevaba el cesto encendió la lumbre, la hizo prender en tres o cuatro antorchas y, tomando una a su cargo, distribuyó las demás. Poco antes había ya muy poca luz, pero en aquel momento había anochecido por completo y pronto la noche fue muy oscura. Antes de alejarnos de aquel lugar, cuatro soldados dispararon dos veces al aire. Entonces vimos que, a poca distancia detrás de nosotros, se encendían otras antorchas, y otras, también, en los marjales, en la orilla opuesta del río.
- Muy bien - dijo el sargento -. ¡Marchen!
No habíamos andado mucho cuando, ante nosotros, resonaron tres cañonazos con tanta violencia que me produjeron la impresión de que se rompía algo en el interior de mis oídos.
- Ya os esperan a bordo - dijo el sargento a mi penado -. Están enterados de vuestra llegada. No te resistas, amigo. ¡Acércate!
Los dos presos iban separados y cada uno de ellos rodeado por algunos hombres que los custodiaban. Yo, entonces, andaba agarrado a la mano de Joe, quien llevaba una de las antorchas. El señor Wopsle quiso emprender el regreso, pero Joe estaba resuelto a seguir hasta el final, de modo que todos continuamos acompañando a los soldados. El camino era ya bastante bueno, en su mayor parte, a lo largo de la orilla del río, del que se separaba a veces en cuanto había una represa con un molino en miniatura y una compuerta llena de barro. Al mirar alrededor podía ver otras luces que se aproximaban a nosotros. Las antorchas que llevábamos dejaban caer grandes goterones de fuego sobre el camino que seguíamos, y allí se quedaban llameando y humeantes. Aparte de eso, la oscuridad era completa.
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