Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.28
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No quiero ya nada más que el gusto que acabo de tener - dijo mi penado profiriendo una codiciosa carcajada-. Yo lo he cogido y él lo sabe. Esto me basta.
El otro penado estaba lívido y, además de la herida que tenía en el lado izquierdo de su rostro, parecía haber recibido otras muchas lesiones en todo el cuerpo. Respiraba con tanta agitación que ni siquiera podía hablar, y cuando los hubieron esposado se apoyó en un soldado para no caerse.
- Sepan ustedes... que quiso asesinarme.
Éstas fueron sus primeras palabras.
- ¿Que quise asesinarlo? - exclamó con desdén mi penado -. ¿Quise asesinarlo y no lo maté? No he hecho más que cogerle y entregarle. Nada más. No solamente le impedí que huyera de los marjales, sino que lo traje aquí, a rastras. Este sinvergüenza se las da de caballero. Ahora los Pontones lo tendrán otra vez, gracias a mí. ¿Asesinarlo? No vale la pena, cuando me consta que le hago más daño obligándole a volver a los Pontones.
E1 otro seguía diciendo con voz entrecortada:
- Quiso... quiso... asesinarme. Sean... sean ustedes... testigos.
-Mire - dijo mi penado al sargento -. Yo solo, sin ayuda de nadie, me escapé del pontón. De igual modo podía haber huido por este marjal... Mire mi pierna. Ya no verá usted ninguna argolla de hierro. Y me habría marchado de no haber descubierto que también él estaba aquí. ¿Dejarlo libre? ¿Dejarle que se aprovechara de los medios que me permitieron huir? ¿Permitirle que otra vez me hiciera servir de instrumento? No; de ningún modo. Si me hubiese muerto en el fondo de esta zanja - añadió señalándola enfáticamente con sus esposadas manos -, si me hubiese muerto ahí, a pesar de todo le habría sujetado, para que ustedes lo encontrasen todavía agarrado por mis manos.
Evidentemente, el otro fugitivo sentía el mayor horror por su compañero, pero se limitó a repetir:
- Quiso... asesinarme. Y si no llegan ustedes en el momento crítico, a estas horas estaría muerto.
- ¡Mentira! - exclamó mi penado con feroz energía -Nació embustero y seguirá siéndolo hasta que muera. Mírenle la cara. ¿No ven pintada en ella su embuste? Que me mire cara a cara. ¡A que no es capaz de hacerlo!
El otro, haciendo un esfuerzo y sonriendo burlonamente, lo cual no fue bastante para contener la nerviosa agitación de su boca, miró a los soldados, luego a los marjales y al cielo, pero no dirigió los ojos a su compañero.
- ¿No lo ven ustedes? - añadió mi penado -. ¿No ven ustedes cuán villano es? ¿No se han fijado en su mirada rastrera y fungitiva? Así miraba también cuando nos juzgaron a los dos. Jamás tuvo valor para mirarme a la cara.
E1 otro, moviendo incesantemente sus secos labios y dirigiendo sus intranquilas miradas de un lado a otro, acabó por fijarlas un momento en su compañero, exclamando:
- No vales la pena de que nadie te mire.
Y al mismo tiempo se fijó en las sujetas manos.
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