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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.24

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Vi todo eso sin darme cuenta de que lo veía, porque estaba muy atemorizado. Pero, empezando a comprender que las esposas no eran para mí y que, gracias a los soldados, el asunto del pastel había quedado relegado a segundo término, recobré un poco mi perdida serenidad.
- ¿Quiere usted hacerme el favor de decirme qué hora es? - preguntó el sargento dirigiéndose al señor Pumblechook, como si se hubiera dado cuenta de que era hombre tan exacto como el mismo reloj.
- Las dos y media, en punto.
- No está mal - dijo el sargento, reflexionando -. Aunque me vea obligado a pasar aquí dos horas, tendré tiempo. ¿A qué distancia estamos de los marjales? Creo que a cosa de poco más de una milla.
- Precisamente una milla - dijo la señora Joe.
- Está bien. Así podremos llegar a ellos al oscurecer. Mis órdenes son de ir allí un poco antes de que anochezca. Está bien.
- ¿Se trata de penados, sargento? - preguntó el señor Wopsle como si ello fuese la cosa más natural.
- En efecto. Son dos penados. Sabemos que están todavía en los marjales, y no saldrán de allí antes de que oscurezca. ¿Alguno de ustedes ha tenido ocasión de verlos?
Todos, exceptuando yo mismo, contestaron negativamente y de un modo categórico. Nadie pensó en mí.
- Bien - dijo el sargento -. Pronto se verán rodeados por todas partes. Espero que eso será más pronto de lo que se figuran. Ahora, herrero, si está usted dispuesto, Su Majestad el rey lo está también.
Joe se había quitado la chaqueta, el chaleco y la corbata; se puso el delantal de cuero y pasó a la fragua. Uno de los soldados abrió los postigos de madera, otro encendió el fuego, otro accionó el fuelle y los demás se quedaron en torno del hogar, que rugió muy pronto. Entonces Joe empezó a trabajar, en tanto que los demás le observábamos.
El interés de la persecución encomendada a los soldados no solamente absorbía la atención general, sino que hizo que mi hermana se sintiera liberal. Sacó del barril un cántaro de cerveza para los soldados e invitó al sargento a tomar una copa de aguardiente. Pero el señor Pumblechook se apresuró a decir:
- Es mejor que le des vino. Por lo menos, tengo la seguridad de que no contiene alquitrán.
E1 sargento le dio las gracias y le dijo que prefería las bebidas sin alquitrán y que, por consiguiente, tomaría vino si en ello no había inconveniente. Cuando se lo dieron, bebió a la salud de Su Majestad y en honor de la festividad. Se lo tragó todo de una vez y se limpió los labios.
- Buen vino, ¿verdad, sargento? - preguntó el señor Pumblechook.
- Voy a decirle una cosa - replicó el sargento -, y es que estoy persuadido de que este vino es de usted.
El señor Pumblechook se echó a reír y preguntó:
- ¿Por qué dice usted eso?


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