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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.23

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También Joe me prometió que me darían un poco. No sé, con seguridad, si di un grito de terror mental o corporalmente, de modo que pudiesen oírlo mis compañeros de mesa, pero lo cierto es que no me sentí con fuerzas para soportar aquella situación y me dispuse a echar a correr. Por eso solté la pata de la mesa y emprendí la fuga.
Pero no llegué más allá de la puerta de la casa, porque fui a dar de cabeza con un grupo de soldados armados, uno de los cuales tendía hacia mí unas esposas diciendo:
-Ya que estás aquí, ven.

CAPITULO V
La aparición de un grupo de soldados que golpeaban el umbral de la puerta de la casa con las culatas de sus armas de fuego fue bastante para que los invitados se levantaran de la mesa en la mayor confusión y para que la señora Joe, que regresaba a la cocina con las manos vacías, muy extrañada, se quedara con los ojos extraordinariamente abiertos al exclamar:
- ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado... con el... pastel?
El sargento y yo estábamos ya en la cocina cuando la señora Joe se dirigía esta pregunta, y en aquella crisis recobré en parte el uso de mis sentidos.
Fue el sargento quien me había hablado, pero ahora miraba a los comensales como si les ofreciera las esposas con la mano derecha, en tanto que apoyaba la izquierda en mi hombro.
- Les ruego que me perdonen, señoras y caballeros -dijo el sargento-; pero, como ya he dicho a este joven en la puerta - en lo cual mentía -, estoy realizando una investigación en nombre del rey y necesito al herrero.
- ¿Qué quiere usted de él? - preguntó mi hermana, resentida de que alguien necesitase a su marido.
- Señora - replicó el galante sargento -, si hablase por mi propia cuenta, contestaría que deseo el honor y el placer de conocer a su distinguida esposa; pero como hablo en nombre del rey, he de decir que le necesito para que haga un pequeño trabajo.
Tal explicación por parte del sargento fue recibida con el mayor agrado, y hasta el señor Pumblechook expresó su aprobación.
- Fíjese, herrero - dijo el sargento, que ya se había dado cuenta de que era Joe -. Estas esposas se han estropeado y una de ellas no cierra bien. Y como las necesito inmediatamente, le ruego que me haga el favor de examinarlas.
Joe lo hizo, y expresó su opinión de que para realizar aquel trabajo tendría que encender la forja y emplear más bien dos horas que una.
- ¿De veras? Pues, entonces, hágame el favor de empezar inmediatamente, herrero - dijo el sargento -, porque es en servicio de Su Majestad. Y si mis hombres pueden ayudarle, no tendrán el menor inconveniente en hacerse útiles.
Dicho esto llamó a los soldados, que penetraron en la cocina uno tras otro y dejaron las armas en un rincón. Luego se quedaron en pie como deben hacer los soldados, aunque tan pronto unían las manos o se apoyaban sobre una pierna, o se reclinaban sobre la pared con los hombros, o bien se aflojaban el cinturón, se metían la mano en el bolsillo o abrían la puerta para escupir fuera.


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