Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.14
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Cualquier sonido, verdadero o imaginado, cualquier ruido en el río, o la respiración de un animal sobre el marjal, le sobresaltaba, y entonces me decía:
- ¿No me engañas? ¿No has traído a nadie contigo?
- No, señor, no.
- ¿Ni has dicho a nadie que te siguiera?
- No.
- Está bien - dijo -. Te creo. Serías una verdadera fiera si, a tu edad, ayudases a cazar a un desgraciado como yo.
En su garganta sonó algo como si dentro tuviera una maquinaria que se dispusiera a dar la hora. Y con la destrozada manga de su traje se limpió los ojos.
Compadecido por su situación y observándole mientras, gradualmente, volvía a aplicarse al pastel de cerdo, me atreví a decirle:
- No sabe usted cuánto me contenta que le guste lo que le he traído.
- ¿Qué dices?
- Que estoy muy satisfecho de que le guste.
- Gracias, muchacho; me gusta.
Muchas veces había contemplado mientras comía a un gran perro que teníamos, y ahora observaba la mayor semejanza entre el modo de comer del animal y el de aquel hombre. Éste tomaba grandes y repentinos bocados, exactamente del mismo modo que el perro. Se tragaba cada bocado demasiado pronto y demasiado aprisa; y luego miraba de lado, como si temiese que de cualquier dirección pudiera llegar alguien para disputarle lo que estaba comiendo. Estaba demasiado asustado para saborear tranquilamente el pastel, y creí que si alguien se presentase a disputarle la comida, sería capaz de acometerlo a mordiscos. En todo eso se portaba igual que el perro.
- Me temo que no quedará nada para él - dije con timidez y después de un silencio durante el cual estuve indeciso acerca de la conveniencia de hacer aquella observación -. No me es posible sacar más del lugar de donde he tomado esto.
La certeza de este hecho fue la que me dio valor bastante para hacer la indicación.
- ¿Dejarle nada? Y ¿quién es él? - preguntó mi amigo, interrumpiéndose en la masticación del pastel.
- El joven. Ese de quien me habló usted. El que estaba escondido.
- ¡Ah, ya! - replicó con bronca risa -. ¿Él? Sí, sí. Él no necesita comida.
- Pues a mí me pareció que le habría gustado mucho comer - dije.
Mi compañero dejó de hacerlo y me miró con la mayor atención y sorpresa.
- ¿Que te pareció...? ¿Cuándo?
- Hace un momento.
- ¿Dónde?
-Ahí-dije señalando el lugar-. Precisamente ahí lo encontré medio dormido, y me figuré que era usted.
Me cogió por el cuello de la ropa y me miró de tal manera que llegué a temer que de nuevo se propusiera cortarme la cabeza.
- Iba vestido como usted, aunque llevaba sombrero - añadí, temblando -. Y... y... - temía no acertar a explicarlo con la suficiente delicadeza -. Y con... con la misma razón para necesitar una lima. ¿No oyó usted los cañonazos ayer noche?
- ¿Dispararon cañonazos? - me preguntó.
- Me figuraba que lo sabía usted - repliqué -, porque los oímos desde mi casa, que está bastante más lejos y además teníamos las ventanas cerradas.
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