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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.13

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Estaba vuelto de espaldas, con los brazos doblados, y cabeceaba a. causa del sueño.
Me figuré que se pondría contento si me aparecía ante él llevándole el desayuno de un modo inesperado, y así me acerqué sin hacer ruido y le toqué el hombro. Instantáneamente dio un salto, y entonces vi que no era aquel mismo hombre, sino otro.
Sin embargo, también iba vestido de gris y tenía un hierro en la pierna; cojeaba del mismo modo, tenía la voz ronca y estaba muerto de frío; en una palabra, se parecía mucho al otro, a excepción de que no tenía el mismo rostro y de que llevaba un sombrero de anchas alas, plano y muy metido en la cabeza. Observé en un momento todos estos detalles, porque no me dio tiempo para más. Profirió una blasfemia y me dio un golpe, pero estaba tan débil, que apenas me tocó y, en cambio, le hizo tambalear. Luego echó a correr por entre la niebla, tropezando dos veces, y por fin le perdí de vista.
«Éste será el joven», pensé, -mientras se detenía mi corazón al identificarlo. Y también habría sentido dolor en el hígado si hubiese sabido dónde lo tenía.
Poco después llegué a la Batería, y allí encontré a mi conocido, abrazándose a sí mismo y cojeando de un lado a otro, como si en toda la noche no hubiese dejado de hacer ambas cosas. Me esperaba. Indudablemente, tenía mucho frío. Yo casi temía que se cayera ante mí y se quedase helado. Sus ojos expresaban tal hambre, que, cuando le entregué la lima y él la dejó sobre la hierba, se me ocurrió que habría sido capaz de comérsela si no hubiese visto lo que le llevaba. Aquella vez no me hizo dar ninguna voltereta para apoderarse de lo que tenía, sino que me permitió continuar en pie mientras abría el fardo y vaciaba mis bolsillos.
- ¿Qué hay en esa botella, muchacho? - me preguntó.
- Aguardiente - contesté.
Él, mientras tanto, tragaba de un modo curioso la carne picada; más como quien quisiera guardar algo con mucha prisa y no como quien come, pero dejó la carne para tomar un trago de licor. Mientras tanto se estremecía con tal violencia que a duras penas podía conservar el cuello de la botella entre los dientes, de modo que se vio obligado a sujetarla con ellos.
- Me parece que ha cogido usted fiebre.
- Creo lo mismo, muchacho - contestó.
- Este sitio es muy malo - advertí -. Se habrá usted echado en el marjal, que es muy malsano. También da reuma.
- Pues antes de morirme - dijo -, me desayunaré. Y seguiría comiendo aunque luego tuviesen que ahorcarme en esta horca. No me importan los temblores que tengo, te lo aseguro.
Y, al mismo tiempo, se tragaba la carne picada, roía el hueso y se comía el pan, el queso y el pastel de cerdo, todo a la vez. No por eso dejaba de mirar con la mayor desconfianza alrededor de nosotros, y a veces se interrumpía, dejando también de mascar, a fin de escuchar.


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