Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.2
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¡Estáte quieto, demonio, o te corto el cuello!
Era un hombre terrible, vestido de basta tela gris, que arrastraba un hierro en una pierna. Un hombre que no tenía sombrero, que calzaba unos zapatos rotos y que en torno a la cabeza llevaba un trapo viejo. Un hombre que estaba empapado de agua y cubierto de lodo, que cojeaba a causa de las piedras, que tenía los pies heridos por los cantos agudos de los pedernales; que había recibido numerosos pinchazos de las ortigas y muchos arañazos de los rosales silvestres; que temblaba, que miraba irritado, que gruñía, y cuyos dientes castañeteaban en su boca cuando me cogió por la barbilla.
- ¡Oh, no me corte el cuello, señor! - rogué, atemorizado-. ¡Por Dios, no me haga, señor!
- ¿Cómo te llamas? - exclamó el hombre -. ¡Aprisa!
- Pip, señor.
- Repítelo - dijo el hombre, mirándome -. Vuelve a decírmelo.
-Pip, Pip, señor.
- Ahora indícame dónde vives. Señálalo desde aquí.
Yo indiqué la dirección en que se hallaba nuestra aldea, en la llanura contigua a la orilla del río, entre los alisos y los árboles desmochados, a cosa de una milla o algo más desde la iglesia.
Aquel hombre, después de mirarme por un momento, me cogió y, poniéndome boca abajo, me vació los bolsillos. No había en ellos nada más que un pedazo de pan. Cuando la iglesia volvió a tener su forma - porque fue aquello tan repentino y fuerte, el ponerme cabeza abajo, que a mí me pareció ver el campanario a mis pies -, cuando la iglesia volvió a tener su forma, repito, me vi sentado sobre una alta losa sepulcral, temblando de pies a cabeza, en tanto que él se comía el pedazo de pan con hambre de lobo.
- ¡Sinvergüenza! - exclamó aquel hombre lamiéndose los labios-. ¡Vaya unas mejillas que has echado!
Creo que, en efecto, las tenía redondas, aunque en aquella época mi estatura era menor de la que correspondía a mis años y no se me podía calificar de niño robusto.
- ¡Así me muera, si no fuese capaz de comérmelas! - dijo el hombre, moviendo la cabeza de un modo amenazador -. Y hasta me siento tentado de hacerlo.
Yo, muy serio, le expresé mi esperanza de que no lo haría y me agarré con mayor fuerza a la losa en que me había dejado, en parte, para sostenerme y también para contener el deseo de llorar.
- Oye - me preguntó el hombre -. ¿Dónde está tu madre?
- Aquí, señor - contesté.
Él se sobresaltó, corrió dos pasos y por fin se detuvo para mirar a su espalda.
- Aquí, señor - expliqué tímidamente -. «También Georgiana.» Ésta es mi madre.
- ¡Oh! - dijo volviendo a mi lado -. ¿Y tu padre está con tu madre?
- Sí, señor - contesté -. Él también. Fue el último de su nombre en la parroquia.
- ¡Ya! - murmuró, reflexivo -. Ahora dime con quién vives, en el supuesto de que te dejen vivir con alguien, cosa que todavía no creo.
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