El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.10
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nunca había pensado en esto.
-¡Concluya! -gritó la figura castañeteando los dientes.
-¡Fuera! -le contestó el barón-. Dejaré de meditar sobre las desgracias, pondré
buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no
funciona, hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von
Swillenhausen.
Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta
fuerza y alboroto que la habitación resonó.
La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror
intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo,
lanzó un aullido atemorizador y desapareció.
Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar,
inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió
muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre
feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la
caza del oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a
todos los hombres es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por
causas similares (como les sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados
del asunto, y pongan un cristal de aumento sobre el mejor; y si todavía se
sienten tentados a irse sin permiso, que primero se fumen una gran pipa y se
beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo del barón de
Grogzwig.
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