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El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.7

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-Deja la lámpara-ordenó el barón.
-¿Alguna otra cosa, mi señor? -preguntó la criada. -Soledad -contestó el barón.
La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo -dijo el barón.
El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se
sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las
piernas delante del fuego y se desinfló.
Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados, cuando
era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido
dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de
dos, que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado
de tanto beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de
beberse la copa hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro
ilimitado, que no estaba solo.
No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos
cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e
inyectados en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por
unas grejas enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una
especie de túnica de color azulado desvaído que, como observó el barón
contemplándola atentamente, estaba ornamentada llevando por delante, a modo de
cierres, asideros de ataúd. También llevaba las piernas cubiertas por planchas
de ataúd, a modo de armadura; y sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto
oscuro que parecía hecho con los restos de un paño mortuorio. No prestaba
atención al barón, pues miraba fijamente el fuego.
-¡Hola! -exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para
llamar su atención. -¡Hola! -replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el
barón, pero sólo los ojos, no el rostro-. ¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? -contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la voz
hueca y la mirada carente de brillo del otro-. Soy yo el que debería hacer esa
pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
-Por la puerta -contestó la figura. -¿Quién es? -preguntó el barón. -Un hombre
-contestó la figura. -No le creo -dijo el barón.


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