El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.6
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se dieran cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su
hija; y con aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad
ella sufría mucho más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de
corazón duro, ése era el barón de Grogzwig.
El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya más
perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción.
Pero todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su
melancolía y su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de
Grogzwig, que la familia Swillenhausen había considerado inagotables, se
vaciaron; y precisamente cuando la baronesa estaba a punto de sumar la
decimotercera adición al linaje de la familia, Von Koéldwethout descubrió que
carecía de medios para reponerlas.
-No veo qué se puede hacer -dijo el barón-. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario
que tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que
los muchachos llaman «una oferta».
-¡Bueno! -exclamó el barón al tiempo que detenía la mano-. Quizá no esté lo
bastante afilado.
El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte
griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en
un salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el
exterior de las ventanas para impedir que se lanzaran al foso.
-Si hubiera sido soltero -dijo el barón suspirando-, podría haberlo hecho más de
cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y
la pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.
Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en
el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido
hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas
paredes, que eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los
leños ardientes apilados en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y
el lugar parecía en general muy cómodo.
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