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El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.4

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Los veinticuatro verdes de
Lincoln de Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce
verdes de Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que
beberían su vino «hasta que todo se volviera azul», con lo que probablemente
querían significar que hasta que todos sus semblantes hubieran adquirido el
mismo tono que sus narices. Cuando llegó el momento de la despedida todos
palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón Von Koéldwethout y sus
seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.
Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de
Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el
cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos.
Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días
elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. -Querido mío
-dijo la baronesa. -Mi amor -le respondió el barón. -Esos hombres toscos y
ruidosos...
-¿Cuáles, señora? -preguntó el barón sorprendido.
Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en
donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas
libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.
-Son mi grupo de caza, señora -le informó el barón.
-Licéncialos, amor-murmuró la baronesa.
-¡Licenciarlos! -gritó el barón con asombro.
-Para complacerme, amor -contestó la baronesa.
-Para complacer al diablo, señora -respondió el barón.
Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.
¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un
doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de
Lincoln que más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les
pidió que se marcharan... aunque no le importaba adónde. No sé la expresión
alemana para ello, pues si la conociera lo habría podido describir
delicadamente.
No me corresponde a mí decir mediante qu¿ medios, o qué grados, algunas esposas
consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo tener
mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento
debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro


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