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El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.3

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Los caballeros
que habían sido honrados con la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y
a su izquierda le imitaron de manera milagrosa en el beber y se miraron
ceñudamente el uno al otro.
-¡Lo haré! -gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y
retorciéndose el mostacho con la izquierda-. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus
veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
-Me refiero a la dama de Grogzwig -repitió el barón mirando la mesa a su
alrededor.
-¡Por la dama de Grogzwig! -gritaron los verdes de Lincoln, y por sus
veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin
tan viejo y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego
pestañearon.
-La hermosa hija del barón Von Swillenhausen -añadió KoMwethout, condescendiendo
a explicarse-. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el sol baje
mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.
Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la
empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso
significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!
Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído
a los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se
hubiera desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con
frenéticas jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo
de Swillenhausen habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la
ventana al barón y el castillo habría sido demolido. Sin embargo, la damisela
mantuvo su paz cuando un mensajero madrugador llevó o la mañana siguiente la
petición de Von Kodldwethout, y se retiró modestamente a su cámara, desde cuya
ventana observó la llegada del pretendiente y su séquito. En cuanto estuvo
segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se le proponía como
esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a
sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su
hija entre sus brazos e hizo un guiño de alegría.
Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo.


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